
8. El Explorador que Tomaba Dos Senderos
Escucha ocho, y esta vez el cuento es corto: es también el último de los nueve. No hay reyes ni vientos ni ejércitos. Hay un bosque, un muchacho que camina solo y un carrete de hilo dorado que le regaló su abuela. Conviene escucharlo despacio, porque casi todo lo que pasa ocurre dentro de la cabeza del muchacho.
«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y este es el último cuento que te voy a contar. Va de un explorador que llegó a un cruce y no eligió ninguno de los dos caminos. Fíjate en el carrete que llevaba en el bolsillo, porque el carrete hace todo el trabajo. Y fíjate en la abuela, que sabía lo que decía cuando se lo dio. Cuando termine, no te voy a decir qué enseña. A estas alturas del libro, ya lo habrás oído tú.»
Esa era la voz de la Tierra, y ya no volverá a contarnos otro cuento. La mía es la de la narradora, y es la que cuenta. El cuento empieza en un reino pequeño y antiguo. En aquel reino los bosques tenían la costumbre de susurrar el nombre de quien entraba en ellos.
Allí vivía un muchacho llamado Aldo. Aldo tenía un oficio que en su tierra no era nada raro, y el oficio era explorador. Los exploradores entraban en los bosques antes que nadie y volvían con las manos sucias y los ojos brillantes. La abuela de Aldo había sido una de ellos durante muchos años. De ella había aprendido el muchacho casi todo lo que sabía.
A la abuela le gustaba decir que los ríos hablan, y que las piedras guardan lo que oyen. Nadie la tomaba del todo en serio. Era una anciana de ojos pequeños y manos tranquilas, y esa clase de personas rara vez se equivoca. El día en que Aldo cumplió los años para salir solo, su abuela le puso un carrete en las manos. Era un carrete de hilo dorado.
—Guarda este hilo, Aldo, que no es para atar cosas, sino para recordar.
Aldo no entendió entonces qué quería decirle, pero se guardó el carrete en el bolsillo del abrigo. Lo hizo como quien guarda una semilla sin saber todavía qué flor va a dar.
Un día el cielo se vistió de nubes color de perla. Aquel día el muchacho se adentró en el Bosque de los Suspiros. Era un lugar del que se hablaba poco. Sus árboles eran tan altos que las copas se perdían en el cielo, y sus raíces tan profundas que nadie había encontrado nunca el final. Los que entraban volvían cambiados, o no volvían.
Aldo iba cantando una cancioncita que él mismo había inventado, y por eso no vio venir lo que pasó. De pronto, sin aviso y sin ruido, el sendero se partió en dos. Un momento caminaba por una tierra suave cubierta de hojas doradas. Al momento siguiente, aquel camino se abría como las manos de quien ofrece un regalo.
A la derecha, una senda bajaba hacia un valle lleno de niebla dulce. Desde el fondo subía el murmullo tranquilo de un arroyo. A la izquierda, otra senda subía entre pinos altísimos, hacia una colina coronada de luz dorada. Las dos parecían igual de hermosas, y las dos parecían igual de misteriosas.
Y Aldo se detuvo.
Miró a la derecha, miró a la izquierda, y sintió el peso de tener que elegir. Todos los exploradores sienten eso tarde o temprano, y casi ninguno sabe qué hacer con ello. La mayoría de los caminantes habría escogido un camino sin pensarlo mucho. Dirían que la senda del arroyo parecía más fresca, o que la de la colina parecía más luminosa. Y echarían a andar dejando la otra atrás para siempre.
Porque eso es lo que hace casi todo el mundo. Elige una puerta, cierra la otra, y luego ni se acuerda de que existía. Aldo conocía a muchos exploradores que habían vuelto contando solo la mitad de lo que vieron. La otra mitad se les había borrado por no haberla apuntado en ninguna parte.
Pero Aldo era distinto, y no porque fuera más listo que los demás. Era distinto porque se quedó quieto mucho rato, mirando los dos caminos como quien mira a dos hermanos iguales. Y en el silencio del bosque le nació una idea, pequeña y clara como una gota de agua.
—¿Por qué tengo que elegir? —se preguntó en voz baja.
Entonces se acordó del carrete de su abuela, y lo sacó del bolsillo. Lo sostuvo un momento en la palma de la mano, sin saber muy bien qué esperaba. Y le pareció oír una respuesta que no venía de ninguna boca. Era como si el hilo le contestara antes de que él hubiera preguntado nada.
«Tú no tienes que elegir. Yo puedo estar en los dos caminos a la vez, y acordarme de los dos.»
Aldo no supo si aquello lo había pensado él o lo había dicho el hilo. Pero no perdió más tiempo. Cortó dos pedazos largos y ató el extremo de uno a la piedra que marcaba el cruce. Luego echó a andar por el camino de la derecha, desenrollando el hilo mientras bajaba.
Caminó un buen rato, y detrás de él el hilo dorado quedaba tendido sobre la tierra húmeda. Brillaba entre las hojas como un rastro de luz. Cuando consideró que había avanzado lo suficiente, anudó el hilo a la rama de un abedul plateado. Después volvió caminando al cruce, y antes de regresar miró una vez más hacia atrás. El hilo seguía allí, esperándolo, y sabía exactamente por dónde había ido.
De vuelta en la piedra del cruce, tomó el segundo pedazo e hizo lo mismo con el camino de la izquierda. Lo fue desenrollando mientras subía entre los pinos, hasta que la senda se estrechó entre dos rocas. Allí anudó el hilo, dio media vuelta y regresó.
Así, sin haber elegido, Aldo tenía dos hilos esperándolo. Dos memorias tendidas en el suelo del bosque, y dos caminos que no había perdido.
Decidió seguir primero el de la derecha, el del valle de niebla. Bajó siguiendo su propio hilo hasta el abedul plateado, y desde allí continuó un poco más allá. El aire se volvió fresco y húmedo, y el murmullo del arroyo fue creciendo hasta sonar cerca. Pero después de una curva suave el sendero terminó. Simplemente terminó.
Ante él se levantaba un muro de roca cubierto de musgo. Era tan alto y tan firme que no había paso posible. Era un callejón sin salida. La mayoría de los exploradores habría sentido tristeza al llegar a un muro así. Pensarían que se habían equivocado, que habían elegido mal. Creerían que habían gastado su tiempo para nada. Y volverían a pie, paso a paso, con el corazón pesado.
Pero Aldo sonrió. Puso la palma de la mano sobre el musgo, como quien saluda a un viejo conocido. Y le dio las gracias en voz alta. Le agradeció que le hubiera enseñado que por allí no se seguía. Un muro también enseña algo. Enseña dónde acaba una cosa, y eso es algo que antes no sabía.
Luego dio media vuelta y volvió al cruce. Allí estaba su segundo hilo, brillando entre las agujas de pino. Aldo lo tomó y empezó a subir.
El camino de la izquierda era empinado y estaba lleno de raíces. Las ramas bajas de los pinos le acariciaban la cara. A medida que subía, el aire se volvía más ligero y más limpio. Era como el agua de un manantial recién nacido. Y cuando llegó a la colina coronada de luz dorada, encontró algo asombroso.
Un jardín.
Un jardín secreto, escondido en lo alto del Bosque de los Suspiros. Allí crecían flores que no existían en ningún otro lugar del mundo. Tenían pétalos de cristal y tintineaban con la brisa, como si estuvieran vivas. Olían a miel y a lluvia recién caída, y el que las miraba sentía una cosa difícil de explicar. Sentía que cada camino había valido la pena, incluso los que no llevaban a ninguna parte.
Aldo se sentó en el jardín, entre las flores de cristal, y miró hacia abajo. Abajo estaba el valle de niebla, y el muro de musgo donde su primer camino había terminado. Y entonces comprendió, con mucha tranquilidad, que el muro no había sido un error.
El muro había sido parte del viaje. Sin el muro no habría vuelto al cruce con tanta prisa. Y sin volver al cruce no habría subido la colina con tantas ganas. El camino que no llevaba a ninguna parte lo había empujado hacia el que sí llevaba. Los dos estaban unidos por un hilo dorado.
Se quedó un rato largo en el jardín, respirando aquel aire limpio. Y entonces le volvieron a la memoria las palabras de su abuela. Le volvieron a decir que aquel hilo no era para atar cosas, sino para recordar. Por fin entendió lo que la anciana había querido decirle.
El hilo no servía para atar nada, servía para dejar memoria de los caminos. Servía para que ningún sendero se perdiera, ni siquiera el que terminaba en un muro de musgo. Cada sendero, al dejar su hilo, quedaba guardado en algún lugar del bosque y en algún lugar del corazón. Y el que guarda lo que ha recorrido puede volver sobre sus pasos cuando quiera. No tiene que empezar otra vez desde el principio.
Aldo volvió a casa al atardecer, cuando el cielo se pintaba de colores que ningún pintor ha sabido copiar. Su abuela lo esperaba en la puerta de la casa pequeña, con una sonrisa pequeña y los ojos brillantes. Le preguntó si había encontrado algo por el bosque.
—Encontré un muro —dijo Aldo—, y después encontré un jardín.
Su abuela quiso saber qué había aprendido, y el muchacho se lo pensó antes de contestar.
—Explorar no es elegir bien —dijo—. Es saber volver.
La abuela asintió despacio, como quien confirma algo que siempre supo. No dijo nada más, porque no hacía ninguna falta.
Y aquella noche, mientras las estrellas se encendían sobre el Bosque de los Suspiros, Aldo guardó el carrete junto a su cama. Pero antes de dormir tomó un cuaderno en blanco. Y escribió, con letra despaciosa, lo que había visto en cada sendero.
En la primera página apuntó lo que había en la senda de la derecha: niebla, arroyo y un muro de musgo, y que no llevaba más allá. En la siguiente anotó que la senda de la izquierda tenía pinos, raíces y una colina. Contó también que arriba había un jardín de flores de cristal, y que aquel camino llevaba a un lugar hermoso. Y debajo de todo escribió una sola frase, con la letra aún más despaciosa.
Los dos valieron la pena.
Porque eso es lo que hacen los verdaderos exploradores. No eligen un solo camino y olvidan el resto, sino que dejan memoria de cada sendero que tocan. Y cuando un camino termina en un muro, no se quedan llorando lo perdido. Vuelven, toman el otro hilo y siguen caminando.
El cuento se cierra, como todos los de este libro, con una pregunta corta que no busca respuesta. ¿Cuántos caminos has dado por perdidos solo porque nunca apuntaste por dónde ibas?
«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y con este cuento se acaban los nueve. El muchacho dejó dos hilos tendidos en el bosque, y ninguno de los dos se perdió, ni siquiera el que acababa en un muro de musgo. Eso es todo lo que quería enseñarte hoy, y no te lo voy a decir con más palabras. Cuando salgas de aquí y llegues a un cruce, acuérdate del carrete: lo importante no es acertar con el camino, es no perder nunca el camino que ya hiciste.»
Aquí termina la escucha ocho. Si algún día llegas a un cruce y no sabes qué camino tomar, ya sabes lo que haría Aldo.