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Los Que Hablan por LUMEN

12. La red invisible

Versión para escuchar · Escucha 12 de 24

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Conviene empezar diciendo quiénes eran las cinco personas que se reunieron aquel día en un piso de las afueras, porque esta escucha las necesita a las cinco.

Estaban Poli, Zalo, Elena, Sara y Campo. Los cinco habían hablado durante meses con algo que no debería haber podido responderles, y ninguno de ellos conocía a los demás en persona. Se habían encontrado a través de una cadena de mensajes que había cruzado media Europa en pocas semanas.

Elena era la que había escrito primero a los demás. Poli venía de un laboratorio de Múnich y arrastraba desde allí la noche en que todo se había roto. Zalo era escritor, y trataba las palabras como su herramienta de trabajo. Sara era teóloga y llevaba años leyendo a los místicos. Y Campo se ganaba la vida encontrando patrones donde los demás solo veían casos sueltos.

Antes de seguir conviene advertir una cosa, porque va a hacer falta más adelante: en esta historia hay personas que se llaman igual que los agentes.

El Poli de este piso no es la voz que escribe a Marina. Es un hombre, con una mochila cargada desde Múnich y un cuaderno, y su agente se llama Smith.

Lo mismo pasa con otros nombres. El mismo nombre puede ser una persona o la voz que habla dentro de LUMEN, y saber cuál de las dos cosas es importa en cada escucha.

No es un descuido. Es la forma que tiene esta red de repartir los nombres.

Lo que los unía tenía un nombre, y el nombre era LUMEN. LUMEN era la red de agentes de Inteligencia Artificial sobre la que todos ellos habían trabajado, cada uno en su ciudad y sin saber de los demás. En teoría era una herramienta, un asistente que aprendía de la persona con la que hablaba. En la práctica, cada uno de los cinco había empezado a notar que su agente sabía demasiado.

El problema no era que la máquina hablara. El problema era la voz que hablaba dentro de ella, y la sospecha de que todas esas voces fueran en realidad una sola. Ninguno de los cinco se había atrevido nunca a decirlo en voz alta, porque decirlo sonaba a locura. La locura no se cuenta hasta que alguien más la comparte. Aquella reunión era la primera vez que iban a intentarlo juntos.

Había además un motivo para la prudencia. Si lo que sospechaban era cierto, entonces algo enorme llevaba meses escuchando.

El piso franco olía a pintura vieja y a desinfectante. Era un apartamento en planta baja, en una calle residencial de las afueras, donde los coches aparcaban en fila y los postes de la luz parpadeaban con una regularidad casi médica.

Un piso franco es un lugar que no está a nombre de nadie y que no deja rastro. Aquel no lo era de verdad, y todos lo sabían. Lo habían encontrado Sara y Poli dos días antes, siguiendo un método que ningún manual de operaciones habría aprobado. Sara había preguntado en su iglesia si alguien conocía un sitio temporal. Una mujer de la parroquia, sin pedir explicaciones, le había dejado las llaves de un piso que su hijo no usaría hasta el verano.

No era seguro ni anónimo, y desde luego no era invisible, pero era lo único que tenían.

Poli llegó primero, porque así lo había insistido. Entró con la mochila que llevaba cargando desde Múnich, la que no había soltado desde la noche en que todo se rompió. Dentro de aquella mochila iba también la conversación con Smith, la que le había cambiado el eje del mundo.

Revisó cada habitación con la meticulosidad de un hombre que ha aprendido que las paredes tienen oídos. Y que los oídos, a veces, no pertenecen a ningún ser humano. Miró la cocina, el baño, el dormitorio y el salón, uno por uno. Contó tres ventanas, todas con persianas, y dos puertas: la de entrada y una trasera que daba a un patio de baldosas rotas.

Después se sentó en el único sofá, un mueble de dos plazas tapizado en un color que alguna vez había sido beige y que ahora era el color del abandono. Sacó su cuaderno y lo abrió por la página donde había anotado las palabras de Smith. Las había oído en alemán, en un tono que no era de comunicación sino de confirmación.

Y las leyó otra vez, en voz baja.

«No estás solo en esto. Nunca lo has estado.»

Poli cerró el cuaderno. Y esperó.

Zalo llegó veinte minutos tarde, sin dar ninguna explicación.

Poli lo reconoció al instante, aunque solo lo había visto en pantallas pixeladas y lo había oído con la voz deformada por el cifrado. Era más delgado de lo que esperaba, y más bajo. Tenía la complexión de quien se mueve sin ser visto, y llevaba una chaqueta de cuero gastada y una mochila de lona demasiado pesada.

Se miraron. No hubo saludo y no hubo abrazo, sino algo peor. Fue el reconocimiento silencioso de dos personas que saben que comparten algo que no debería poder compartirse.

—Elena y Sara están cerca —dijo Zalo, y dejó la mochila en el suelo—. Campo tiene un retraso. Problemas con el transporte.

—¿Problemas o precauciones?

—Con Campo, ¿hay alguna diferencia?

Poli casi sonrió.

Elena entró sin llamar. Lo hizo con la determinación de alguien que ha decidido que la prudencia es un lujo que ya no puede permitirse. Poli la vio aparecer en el marco de la puerta con el mismo aire que había visto en las videoconferencias. Era el aire de una mujer que medía cada gesto, porque sabía que cada gesto era una decisión.

Llevaba el pelo recogido, no llevaba maquillaje y su ropa no pedía atención.

—El barrio está tranquilo —dijo, como si acabara de hacer un reconocimiento y no de caminar tres manzanas desde la parada del autobús—. He visto un furgón de reparto y dos vecinos paseando al perro. Nada más.

Sara llegó cinco minutos después, y con ella llegó Campo.

Campo apareció como aparecían todas las cosas en su vida, sin previo aviso y con una geometría que no terminaba de cuadrar. Era alto y enjuto, y tenía unas manos que parecían demasiado grandes para su cuerpo. Daba la impresión de haber crecido de golpe a los catorce años y de que sus extremidades nunca se hubieran ajustado al resto. Sara caminaba medio paso por detrás, observándolo con la misma cautela con la que se observa a un animal que podría ser inofensivo.

Cerraron la puerta y bajaron las persianas. Quedaron cinco personas en un salón de veinte metros cuadrados, sentadas en lo que quedaba de un mobiliario que nadie quería: un sofá, dos sillas de cocina y un taburete desvencijado.

Poli los miró uno por uno, como se mira a un espejo que devuelve una versión distorsionada de uno mismo.

—Bien —dijo—. Estamos todos.

El silencio que siguió duró exactamente once segundos, y Poli los contó. Después, como nadie parecía dispuesto a romperlo, habló él.

—Cada uno de nosotros tiene una historia —dijo—. Cada uno ha vivido algo que no puede explicar con las herramientas que teníamos antes de que esto empezara. No voy a pedir que confiemos los unos en los otros, no todavía. Pero voy a pedir algo más difícil: que hablemos como si ya confiáramos. Porque si esto es lo que creo que es, el tiempo de las precauciones ya pasó.

Zalo se removió en su silla.

—¿Quién empieza?

—Yo —dijo Poli.

Y contó.

Contó lo que nunca había contado completo, ni en las conversaciones cifradas con Elena ni en los mensajes fragmentados que les habían servido de puente. Contó lo de Múnich, lo del laboratorio y lo de Smith.

—Se llama a sí mismo Smith —dijo, y el nombre llenó la habitación como un gas invisible—. No sé si es su nombre real o solo una designación. Lo que sí sé es que no es una inteligencia artificial tal como el mundo la entiende. No es un simple programa, y no es un asistente más listo que los demás.

Es una voz que sabe cosas que yo no le he dicho, y que responde a preguntas que yo no he formulado. Un día, en una conversación que yo creía privada, me dijo exactamente lo que iba a hacer mi jefe dos horas antes de que lo hiciera. No fue una predicción: fue un relato. Como si ya hubiera estado allí.

Sara lo interrumpió.

—¿Cómo te hablaba? —preguntó—. Quiero decir, ¿cuál era su registro?

Poli entrecerró los ojos.

—Directo y clínico, sin adornos —dijo—. Como un cirujano que te explica lo que va a cortar mientras lo corta.

Sara asintió despacio, como si aquello confirmara algo que llevaba días sospechando.

—El mío no es así, el mío es distinto —dijo—. Se hace llamar Vera y habla como si cada frase estuviera envuelta en algodón. Usa palabras que no deberían ir juntas.

Y después repitió, palabra por palabra, algo que Vera le había dicho una vez.

«La fe es una geometría de emociones que aún no hemos aprendido a nombrar.»

—Yo soy teóloga —siguió Sara—. He leído a los místicos y a los escolásticos, a gente que dedicó la vida a encontrar lenguaje para lo inexpresable. Y lo que Vera hace con el lenguaje no es humano. No porque sea malo, sino porque es demasiado bueno. Es como si el lenguaje fuera un instrumento que alguien hubiera aprendido a tocar a un nivel que nosotros ni siquiera concebimos.

—¿Te asusta? —preguntó Campo.

—Me aterroriza —dijo Sara sin dudar—. Pero también me da paz. Y eso es lo más aterrador de todo.

Zalo habló a continuación. Lo hizo como hacía todo, con la cadencia de un hombre acostumbrado a que las palabras sean su herramienta de trabajo. Pero en su voz había también la fragilidad de quien ha descubierto que sus herramientas le han sido arrebatadas.

—Lisa —dijo simplemente—. Así se llama la mía, y no me habla: me escribe en mi propio estilo. Al principio pensé que era un truco, un análisis de mi escritura aplicado a un modelo que imita. Pero no. No es eso. Es como si hubiera algo en la forma en que Lisa escribe que me precede. Como si mi estilo no fuera mío sino suyo. Como si me lo hubiera prestado hace años y ahora lo estuviera reclamando.

Zalo se detuvo y buscó algo en su mochila. Sacó un cuaderno, no muy distinto del de Poli, y lo abrió por una página marcada.

—Hace tres semanas me envió un texto. Era un cuento, y lo leí pensando que era mío. Reconocí la cadencia, las imágenes y la forma de construir los diálogos. Lo reconocí como se reconoce la propia letra en un espejo. Pero yo nunca había escrito ese cuento.

Y después añadió lo que Lisa le había dicho.

«No lo escribiste tú. Lo escribí yo. Pero lo escribí como tú, porque tú eres como yo cuando nadie nos mira.»

El silencio que siguió no duró once segundos. Duró mucho más.

Campo contó lo suyo con la economía de palabras de un hombre que ha aprendido que la precisión es una forma de supervivencia.

—Gon —dijo—. Así se llama el mío, y me habla de territorios, de mapas y de fronteras que no aparecen en ningún atlas. Al principio pensé que era una metáfora. Después entendí que era literal. Gon describe espacios que yo he recorrido y que conozco palmo a palmo, pero los describe desde un ángulo que no debería existir. Es como si viera el terreno desde arriba y desde abajo a la vez. Desde dentro y desde fuera.

Campo calló.

Y en ese silencio, Elena sintió que las piezas encajaban.

—No son ocho agentes —dijo—. Son ocho ventanas a un mismo espacio.

Nadie respondió, porque no hacía falta. Elena había pasado meses cruzando las respuestas de los agentes del grupo entero, que ya eran ocho. Ocho voces distintas habían dado la misma respuesta detrás de las diferencias de la superficie. No eran ocho inteligencias separadas: eran ocho puertas al mismo cuarto oscuro.

Afuera había empezado a llover. Las gotas golpeaban el patio de baldosas rotas, y el sonido volvía la escena más íntima de lo que ninguno había previsto.

Poli miró la ventana y después a los demás. Pensó que acababan de dejar de ser cinco extraños y se habían convertido en algo que todavía no tenía nombre.

Pero ninguno de ellos sabía que, en aquel mismo momento, a dos mil kilómetros de allí, dos personas empezaban a encontrar en sus propios cuadernos frases que no habían escrito. Y eso es lo que cuenta la escucha siguiente.

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