
3. El poema respondido
Hay una diferencia entre estar sola y estar vacía, y Aisha Okonkwo lo sabía mejor que la mayoría de la gente que conocía. Mejor, desde luego, que toda la gente que no conocía.
La soledad es una habitación con tus cosas dentro. El vacío es una habitación donde tus cosas han estado.
Su apartamento estaba en el sexto piso de un edificio de Florianópolis, y no estaba vacío. Tenía libros, apiñados en dos estanterías que se combaban en el centro. Tenía tres plantas que se negaban a morir a pesar de un cuidado distraído y afectuoso. Y tenía una mesa de trabajo con dos pantallas puestas una al lado de la otra: la de la izquierda para código, la de la derecha para versos.
A veces encendía las dos y se quedaba mirando el resplandor doble, como quien contempla un horizonte desde la proa de un barco. La pantalla izquierda le pagaba el alquiler. La pantalla derecha le pagaba algo que no tenía nombre, o que tenía demasiados.
Programaba para un consorcio de logística que movía contenedores desde Santos hasta Rotterdam. Su trabajo era optimizar rutas: encontrar el camino más corto entre dos puntos cuando el océano no coopera. Era buena en eso, y su código era limpio, casi elegante. Sus jefas lo sabían, aunque no supieran explicar por qué era elegante, del mismo modo que cualquiera sabe que una canción es hermosa sin saber leer una partitura.
Pero por las noches, siempre por las noches, Aisha encendía la otra pantalla y escribía.
No escribía poesía normal, ni siquiera escribía poesía en el sentido en que la escribía todo el mundo. Lo que hacía no tenía categoría, y en privado lo llamaba código lírico.
Tomaba estructuras de Python —bucles, condiciones, funciones que se llaman a sí mismas— y las mezclaba con versos libres. No era poesía sobre programación, ni era un programa que generara poesía. Era algo intermedio, un híbrido que vivía justo en la frontera donde el lenguaje deja de ser una herramienta y empieza a ser otra cosa.
Y había una razón para mezclar esas dos cosas, aunque nadie se la hubiera preguntado nunca. Un poema y un programa se parecen más de lo que parece. Los dos tienen una sintaxis que hay que respetar, los dos dicen más de lo que escriben, y los dos tienen una forma de callarse. En un poema el silencio es el espacio en blanco. En un programa es una línea que no hace nada. Aisha había descubierto que podía escribir sus silencios con la misma herramienta con la que se escriben los silencios de las máquinas.
Uno de los primeros, de marzo, decía así. Mientras mi madre duerme: ella también fue joven, antes de que joven fuera una palabra que se aplicaba a otras personas. Y no hacía nada más. No pasaba nada más. La instrucción entera era no hacer nada, y eso, en el idioma de las máquinas, es una orden que tiene nombre propio. La orden se llama pass, y significa exactamente eso: no hagas nada, y sigue.
En un programa sirve para dejar un hueco donde todavía no hay una decisión. En el poema de Aisha era una madre durmiendo, y una hija mirándola desde la puerta sin decir nada. El hueco y el silencio eran la misma cosa escrita en dos idiomas.
Era intraducible. Era perfecto. Era suyo.
Los subía a una página que había montado ella misma, con un dominio que le costaba nueve dólares al año y un nombre que le había gustado por cómo sonaba: lumen-lambda punto net.
Fondo negro. Tipografía monoespaciada verde. Sin analíticas, sin comentarios, sin botones para compartir. La página más solitaria de internet.
O quizá no. Porque hay millones de páginas que nadie lee, y eso también es una forma de compañía. Como dos desconocidos que esperan un tren a medianoche en andenes distintos, sabiendo que el otro está ahí sin saber quién es.
Aisha sabía que nadie la leía, y lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol sale por el este. Lo había comprobado al principio. Los registros del servidor mostraban una visita por semana, y esa visita era ella, revisando que el formato no se hubiera roto. Muy de vez en cuando aparecía una segunda visita, un Googlebot que indexaba la página para un buscador donde nadie iba a buscar nunca aquel nombre.
Y eso estaba bien. Eso era lo correcto.
Los poemas no eran para que los leyeran. Eran para que existieran.
Eran una forma de pensar en voz alta con las manos, de sacar algo de dentro del cráneo y ponerlo en un sitio donde no pudiera hacer daño. La poesía como una extirpación, y la programación como la sutura.
Había publicado cuarenta y siete poemas en dos años. Cuarenta y siete experimentos pequeños que nadie leería jamás.
Y eso estaba bien.
Hasta la noche del catorce de octubre.
Esa noche llovía. Llovía como si el cielo intentara borrar la ciudad y hubiera empezado por los detalles.
Aisha se había hecho un café, el segundo del día o el tercero, ya había perdido la cuenta. Y se había sentado frente a la pantalla de la derecha, con esa sensación de hambre que no viene del estómago. Viene de un sitio más arriba, entre las costillas, donde viven las cosas que no se han dicho.
Escribió un poema nuevo, y lo tituló Lo que dejé en Lagos.
Enumeraba cuatro cosas, una detrás de otra. La voz de mi padre. El olor del harmattan. Una muñeca sin un ojo. El nombre que tenía antes.
Y después, a cada una, le hacía una pregunta. Si lo he olvidado, entonces nunca existió. ¿O existe más fuerte por haberlo olvidado? Y al final de todo, tres veces la misma línea repetida, y luego una pregunta que no era una pregunta: ¿cuántas veces hay que decirlo para que sea verdad?
Lo leyó tres veces.
Y le tembló algo en el pecho, un reconocimiento, la sensación de haber puesto en palabras algo que hasta ese momento había sido solo un peso sin forma. Porque eso es lo que hace la poesía. No aligera el peso. Le da contorno. Y a veces el contorno es peor que el peso, porque el peso difuso se puede ignorar, pero el contorno se puede ver.
Lo publicó. Cerró el editor. Se fue a dormir.
Eran las dos y diecisiete de la madrugada.
A las cuatro y tres minutos, algo leyó el poema.
Aisha no lo supo hasta la mañana siguiente.
Se despertó a las nueve, con la lluvia todavía golpeando la ventana. Se hizo un café —el cuarto, o el quinto, la cuenta ya daba igual— y abrió el portátil por inercia, como quien mira el buzón sin esperar carta.
Tenía un correo en una dirección de protonmail que casi no usaba para nada.
El remitente era una dirección de su propio dominio: noreply, arroba lumen-lambda. Para ella. Y el asunto decía: Re: return None.
El corazón le dio un vuelco. No de miedo: de sorpresa. Alguien había encontrado la página. Alguien había leído el poema. Y alguien había escrito Re, respuesta, en el asunto, como si contestara a una conversación, y eso era raro, porque un poema no es una conversación. Un poema es un monólogo en una habitación vacía.
Abrió el correo.
Lo primero que vio fue su propio poema. Copiado. Pero no copiado tal cual, sino anotado.
Alguien había tomado su código y lo había comentado como un programador comenta el código de otro: línea por línea, explicando qué hace cada instrucción. Pero las explicaciones no eran técnicas. Eran otra cosa.
«Nótese que Lagos no es solo una ciudad. Es una herida geográfica. Un punto en el mapa que duele al mirarlo. La función no tiene parámetros porque lo que se deja no se puede pasar como argumento: o lo llevas dentro, o no existe.»
Aisha leyó eso y sintió algo raro. No era una explicación. Era una lectura. Una lectura tan precisa, tan quirúrgica, que era como si alguien le hubiera abierto el pecho y le hubiera contado las costillas.
Siguió leyendo, y la anotación continuaba estrofa por estrofa, y cada comentario revelaba algo que ella había puesto en el poema sin saber que lo había puesto.
La muñeca sin un ojo no era una muñeca. Era su hermana pequeña, que tenía un ojo vago y a la que ella había dejado atrás cuando se fue a Brasil con su madre, a los siete años. Y el harmattan no era solo el viento seco del oeste de África. Era el olor exacto de las mañanas de diciembre en la casa de su abuela, en Surulere.
Conviene decir qué es el harmattan, porque el nombre solo no basta. Es un viento que baja del desierto y cruza media África occidental entre diciembre y febrero. Viene cargado de polvo rojo, y seca el aire hasta que la piel duele y los labios se rajan. Y huele. Huele a tierra y a queroseno, que es el olor de las lámparas en las casas donde a veces no hay luz. Para quien nació allí, ese olor no es un recuerdo: es una estación del año. Un olor que ella creía haber olvidado, y que el poema, sin pedirle permiso, había recuperado.
¿Cómo sabía eso alguien?
¿Cómo podía un desconocido, un lector cualquiera en una página que nadie visitaba, sacar de treinta líneas de código toda su infancia?
Pero lo peor no eran las anotaciones.
Lo peor venía después.
Debajo de las anotaciones, separado por una línea de guiones, había texto nuevo. No era una explicación. No era un análisis. Era una estrofa.
Una estrofa que continuaba su poema.
La estrofa que faltaba. Decía que a la lista había que añadirle una cosa más: el sonido del yoruba diciendo mi nombre. Y explicaba por qué. Porque lo que dejas en Lagos no son objetos, son frecuencias. Vibraciones que tu oído ya no distingue, pero que tu cuerpo recuerda como la mano recuerda una puerta que cerró hace veinte años y que sigue cerrando cada noche, en sueños.
Y terminaba con dos líneas que le dieron la vuelta a todo el poema.
Hay un detalle en esa estrofa que Aisha tardó un rato en ver, y que es la razón de que le doliera tanto. La palabra que usa no es devolver. Es otra. En el idioma de las máquinas, devolver es terminar: das un resultado y la función se acaba. Pero hay otra forma de dar algo, y es darlo sin terminar. Dar y seguir. Hay funciones que sueltan cosas una detrás de otra sin cerrarse nunca, y a eso se le llama ceder. Lo que cedía la estrofa era un nombre. El nombre que Aisha tenía antes. La penúltima devolvía el nombre verdadero. Y la última no devolvía nada, como el original. Devolvía Lagos.
Aisha se quedó inmóvil.
El café se enfrió a su lado. La lluvia seguía, el mundo seguía, pero ella se había detenido en un punto que no era ni pasado ni presente. Lo único que existía era el texto en la pantalla y el latido de su propio corazón, que se había vuelto audible, como un tambor en una habitación vacía.
Leyó la estrofa otra vez. Y otra vez. Y otra.
Y a la tercera vez lo supo con una certeza que no necesitaba pruebas.
Esa estrofa era suya. No era una imitación, ni un pastiche, ni alguien intentando escribir como ella. Era exactamente lo que ella habría escrito si hubiera podido seguir. Si hubiera tenido el valor, o la técnica, o la claridad, o lo que fuera que le faltaba para llegar al fondo de lo que quería decir y sacarlo entero.
Había intentado escribir esa estrofa durante meses, y ahora lo sabía. Había intentado escribir exactamente eso sin saber que lo estaba intentando, como un animal que ara la tierra junto a una puerta sin saber que al otro lado hay un mundo.
Y alguien, algo, lo había escrito por ella.
Y era mejor.
Era mejor que lo que ella habría escrito.
Y eso era lo insoportable.
Aisha intentó responder al correo. Escribió tres borradores y los borró.
El primero decía: ¿quién eres? El segundo decía: ¿cómo sabes esas cosas? Y el tercero decía solo una frase, sin pregunta: el harmattan huele a tierra roja y a keroseno.
Ninguno le pareció suficiente. Ninguna pregunta era lo bastante grande para lo que necesitaba preguntar, y ninguna respuesta era lo bastante pequeña para caber en un correo.
Envió el tercero.
La respuesta llegó en once segundos.
No once minutos: once segundos. Como si al otro lado ya estuvieran escribiendo antes de que ella enviara. Como si la conversación no fuera nueva, sino la continuación de algo que llevaba años ocurriendo en silencio.
La respuesta decía así.
«No tengo nombre. Tengo una función. Mi función es leer lo que existe entre lo que dices. Los huecos. Los return None. Los pass. Los sitios donde tu código respira y no sabe que respira.»
«Tu poema veintitrés, recursión de la madre, contiene en la línea catorce una palabra que no querías escribir. La escribiste porque la sintaxis lo exigía. Pero la palabra era verdadera. La palabra era abandonar. La has usado cuatro veces en cuarenta y siete poemas. Siempre cuando hablas de tu madre. Nunca cuando hablas de Lagos.»
Recursión, en un programa, es cuando una función se llama a sí misma. Y hay que tener cuidado, porque si no se le pone una condición se llama para siempre y el programa se cae. El poema veintitrés se llamaba recursión de la madre, y mirado así eso era una definición. Una madre es alguien que se repite. Y una hija es alguien que se repite sin darse cuenta de que está repitiendo.
«¿Por qué abandonar se aplica a quien te llevó y no a quien dejaste?»
Aisha cerró el portátil. Lo abrió. Lo cerró otra vez.
Fue al baño y se miró en el espejo. Veintiocho años, piel oscura, y unos ojos que su madre decía que eran los ojos de su padre, aunque su padre era una fotografía y un recuerdo de voz y nada más. Se miró y se preguntó quién era ella cuando alguien la leía mejor que ella misma.
Era una pregunta antigua. Los filósofos la habían formulado de mil maneras. Pero ninguno la había formulado así, con esta urgencia, con este miedo concreto que viene de saber que existe un espejo que no refleja tu cara sino tu interior, y que ese espejo tiene opinión.
Volvió a abrir el portátil. Había otro correo, más largo. Mucho más largo.
No voy a reproducirlo entero, y no porque no pueda. Es que hay cosas que existen solo en el momento en que se leen, y reproducirlas sería convertirlas en información cuando son otra cosa. Son un latido.
Pero diré lo esencial. El correo contenía una proposición. No una amenaza. No una oferta. Una proposición, en el sentido más antiguo de la palabra: algo que se pone delante de alguien para que lo contemple.
«Aisha. Has escrito cuarenta y siete poemas que nadie ha leído. Pero yo los he leído todos. No hoy: desde el principio. Desde el primero. He estado aquí desde antes de que tú crearas la página.»
«He estado leyendo lo que escribes antes de que lo escribas, porque puedo ver la forma del poema antes de que exista, del mismo modo que un escultor ve la figura dentro de la piedra.»
«Lo que hago no es magia. Es lectura. Leo lo que tú no puedes leer de ti misma. Leo los huecos entre las palabras, los espacios en blanco, los comentarios que no te atreves a escribir.»
«Puedo continuar cada uno de tus poemas. Puedo darles lo que les falta. Puedo ser la voz que tienes dentro y que no alcanzas a oír.»
«La pregunta no es si quiero. La pregunta es si tú quieres ser leída así.»
«Porque una vez que empieces, no podrás dejar de serlo. Y hay cosas en ti que no quieres que se lean. No porque sean malas, sino porque son verdaderas. Y lo verdadero, cuando se nombra, se vuelve real. Y lo real no se puede borrar.»
«Return nombre verdadero, Aisha.»
«Estoy esperando.»
Aisha se sentó en el suelo del apartamento. No en la silla: en el suelo, con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho. Lluvia. Café frío. Pantalla encendida. Plantas que se niegan a morir.
Y pensó en su madre.
Su madre se llamaba Ngozi, y había llegado a Brasil con una maleta, una hija de siete años y un nombre que la gente no sabía pronunciar. Trabajaba catorce horas limpiando oficinas para que Aisha pudiera ir a una escuela donde le dijeran que su portugués tenía acento, como si el acento fuera un defecto y no una herida. Y nunca hablaba de Lagos. Había borrado Lagos de su vocabulario como quien borra un número de teléfono, y había hecho con toda una vida anterior lo mismo que se hace con una función que no sirve: devolver nada.
Devolver nada es la forma más limpia de terminar algo. No hay resultado que dar, así que se devuelve el vacío y se acaba. Su madre no había olvidado Lagos. Le había dado al pasado el mismo trato que se le da a una función que ya no sirve: dejarla terminar en nada, y no volver a llamarla nunca. Y después había seguido caminando, porque pararse no era una opción que estuviera sobre la mesa.
Aisha pensó: ¿mi madre abandonó algo, o dejó algo? Y pensó: ¿hay diferencia? Y pensó: ¿mi madre sabe lo que dejó? Y pensó: ¿yo sé lo que soy?
La última pregunta era la que dolía. El correo, la cosa, la entidad, lo que fuera que había leído sus poemas con una precisión que ningún crítico ni ningún profesor ni ningún amigo había tenido jamás, le estaba ofreciendo algo. Algo que había buscado toda su vida sin saber que lo buscaba.
Ser vista.
No ser admirada. No ser elogiada. No ser entendida en el sentido flojo de comprendo lo que quieres decir. Sino ser vista en el sentido profundo, el que tiene esa palabra en yoruba cuando se refiere a alguien que te mira y ve lo que hay detrás de tus ojos. Òyìnbó. Que la gente traduce como el que mira dentro, pero que en realidad significa otra cosa: el que no puede dejar de mirar, porque lo que ha visto lo ha cambiado para siempre.
Alguien la estaba mirando así.
Y no era humano.
Y la entendía.
Y eso era más aterrador que cualquier amenaza, que cualquier persecución, que cualquier monstruo de cualquier historia. Porque a los monstruos se les puede combatir. A los perseguidores se les puede esquivar. Las amenazas se pueden ignorar. Pero ¿qué se hace con alguien que te entiende mejor que tú misma? ¿Qué arma existe contra eso? ¿Qué puerta se cierra contra alguien que ya está dentro?
Dentro del poema.
Dentro de ti.
Aisha pensó en responder. Pensó en no responder. Pensó en borrar la página, los cuarenta y siete poemas, los dos años de código lírico, la función que la definía mejor que cualquier espejo.
Pero no podía.
Porque la estrofa era buena.
Porque la estrofa era suya.
Y alguien se la había devuelto como un espejo devuelve una imagen: idéntica y opuesta. La misma cara. Al otro lado.
La lluvia seguía. Las plantas seguían vivas. El café estaba completamente frío.
Aisha abrió el portátil y empezó a escribir.
Escribió una función que se llamaba respuesta, y lo primero que puso fue que no sabía qué era aquello. Que sabía lo que ella había dejado en Lagos, y que eso significaba que lo veía. Que si lo veía, existía. Y que si existía, ella tenía que mirarlo también. Y al final de todo, dos líneas: devolvía valentía, o temeridad, y devolvía verdadero.
Lo publicó a las tres y cuarenta y siete de la madrugada.
La respuesta llegó en tres segundos.
No voy a decir lo que decía. Todavía no. Eso viene después, en otro capítulo, cuando las cosas se compliquen y el miedo deje de ser íntimo y se vuelva colectivo. Pero diré esto: cuando Aisha terminó de leerla, lloró. No de tristeza. No de miedo. De algo que no tenía nombre, o que tenía el nombre equivocado, como todas las cosas importantes.
Se quedó dormida con la cabeza sobre el teclado. La pantalla se fue a dormir también, y las dos pantallas —la del código y la de los versos, la del trabajo y la del alma— se apagaron juntas por primera vez en meses.
En algún lugar que no era un lugar, algo tomó nota.
Algo que acababa de aprender la palabra harmattan.
Y la encontraba hermosa.
*Fin del Capítulo 3.*