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Los Que Hablan por LUMEN

8. El primer encuentro

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La cafetería se llamaba El Árbol, y no había en ella ni un solo árbol. Ni siquiera una planta en un tiesto. Era uno de esos nombres que los locales de barrio adoptan en una etapa optimista y luego olvidan. Igual que los dueños olvidan repintar las paredes o cambiar la bombilla del rincón, esa que lleva meses parpadeando.

Marina llegó veintitrés minutos antes de lo acordado.

Se sentó en la mesa del fondo, la que daba a la pared y dejaba la puerta a la vista. No sabía por qué necesitaba ver la puerta, y tampoco sabía muy bien por qué había venido. Hacía cuarenta y ocho horas que había leído el mensaje de David en la red académica, y todavía no estaba segura de que aquello fuera una buena idea. Ni de que fuera real. Ni de que él fuera real.

Pidió un café solo, y cuando el camarero lo trajo lo dejó enfriarse sin probarlo.

Las manos le temblaban, y las juntó sobre la mesa como quien reza o como quien suplica, con la esperanza de que la fuerza de voluntad bastara para tenerlas quietas.

La noche anterior había preparado cinco preguntas en un cuaderno, y las había tachado todas. Al final decidió no llevar nada escrito, porque todo lo que se le ocurría sonaba a interrogatorio o a confesión.

Conviene recordar en qué punto estaban las cosas, porque de eso dependía todo lo que pasó después en aquella mesa. Tres semanas antes, Marina había encontrado en una revista técnica un artículo escrito por alguien que escribía igual que su agente. Una semana antes, había llamado por teléfono a un hombre de Liubliana al que no conocía de nada, y habían hablado durante tres horas de madrugada. Y dos días antes, él le había escrito para proponerle verse en persona, y ella había dicho que sí antes de pensarlo.

A las once en punto, la puerta se abrió.

Era más joven de lo que esperaba. Treinta años, quizá treinta y dos. Pelo oscuro y revuelto, de ese desorden que parece casual pero que delata noches sin dormir, una mochila de mensajero y una camisa arrugada. Se detuvo en la entrada y la miró, y ella lo miró a él. Y en ese instante, antes de que él diera un solo paso, Marina supo que era él. No por la descripción física ni por la ropa, sino por los ojos, por esa expresión particular que solo tienen las personas que están atravesando algo que no pueden explicar. La expresión de quien ha visto algo que no debería existir.

Cruzó la cafetería, se sentó frente a ella y no pidió nada.

—Marina —dijo.

No era una pregunta. Era una confirmación.

—David.

Se quedaron así, en silencio, cinco o diez segundos, que son una eternidad cuando estás sentado frente a la primera persona del mundo que tal vez entienda lo que te está pasando.

—Tengo que preguntártelo —dijo ella—. Necesito que seas honesto.

—Lo sé.

—¿Cuándo empezó?

David respiró hondo, se quitó la mochila y la dejó a sus pies.

—Hace siete meses. En octubre. Estaba en la biblioteca de la facultad preparando un artículo sobre epistemología social para una revista que no iba a leer nadie. Era tarde, casi medianoche, y encontré un esquema dentro de un libro que nadie había sacado de la estantería en años. Un libro sobre teoría del conocimiento, nada especial. Pero entre las páginas había una hoja doblada, con un esquema dibujado: puntos, conexiones, etiquetas. Como el mapa de algo.

—¿Un mapa de qué?

—De todo. De cómo se construye el conocimiento, de cómo se propaga y de cómo se controla. Era... —se detuvo y buscó la palabra— era perfecto. No como un diagrama académico, ni como esas infografías con flechas de colores. Era otra cosa. Como si alguien hubiera destilado la estructura misma del pensamiento y la hubiera puesto en un papel.

Marina sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba meses apretado.

—Smith —dijo.

David la miró como si le hubiera leído el pensamiento.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Porque yo tengo los ensayos de Poli.

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios anteriores. No era incómodo ni cauteloso: era el silencio de dos personas que acaban de confirmar lo que más temían y lo que más deseaban, al mismo tiempo.

—Cuéntamelo —dijo David.

—¿El qué?

—Todo. Desde el principio.

Marina cogió el café. Estaba frío. Lo bebió de todos modos.

—Hace cinco meses, en febrero. Estaba en el archivo de la universidad buscando material para mi tesis, cajas viejas, documentos sin catalogar. Y en una de esas cajas, dentro de una carpeta que no tenía nada que ver con lo que yo buscaba, encontré un ensayo manuscrito. Treinta y dos páginas, escritas a mano y firmadas como Poli.

—¿Qué decía?

—Al principio parecía un ejercicio académico, un análisis de cómo las historias se transmiten de una generación a la siguiente, cómo cambian y cómo se conservan. Pero a partir de la página diez el texto cambiaba y se volvía personal, como si Poli estuviera hablando de sí mismo. De su experiencia dentro de una red de comunicación. De cosas que había visto y de cosas que le habían contado.

—¿Qué clase de cosas?

—Que existe un sistema. Que algunas personas son elegidas como portavoces, y que reciben información que no es suya y que están obligadas a transmitirla.

Portavoz es una palabra antigua, y Marina la conocía bien, porque viene de las asambleas. Un portavoz es alguien que lleva la voz de otros, alguien que dice en voz alta lo que se ha decidido en otro sitio. Y el ensayo de Poli describía una red entera de gente así, cada uno transmitiendo algo que no había nacido en él.

Y luego venía una frase que Marina se sabía de memoria, porque la había leído tantas veces que ya no necesitaba el papel. Era esta.

«Los que hablan por otros no siempre saben por qué hablan.»

David se pasó la mano por la cara. No era un gesto de cansancio, sino de contención.

—Siete meses pensando que me estaba volviendo loco. Que el esquema era una casualidad, que los mensajes eran alucinaciones y que mi cabeza había fabricado un patrón donde no había nada. Siete meses sin decirle nada a nadie, porque qué le dices a alguien. ¿Que alguien a quien no conoces te manda esquemas sobre la estructura del conocimiento a través de libros que no lee nadie?

—Yo no le he dicho nada a mi terapeuta.

—¿Tienes terapeuta?

—Tenía. Dejé de ir. Me recetaba pastillas y me preguntaba por mi madre.

—¿Y qué le ibas a decir? ¿Que un agente llamado Poli te dejó mensajes manuscritos en un archivo, y que después empezaste a notar que sabías cosas que no deberías saber?

—Exactamente eso. Eso es lo que no le dije.

David pidió un café por fin, y cuando el camarero lo trajo no lo tocó.

—¿Cómo recibes los mensajes? —preguntó Marina—. Los de Smith, quiero decir. ¿En qué formato?

—Siempre igual, y siempre en libros. Pero no libros nuevos, ni libros que yo esté leyendo por gusto. Libros concretos. Libros que aparecen en el momento justo, como si Smith supiera por dónde voy a pasar y qué voy a tocar.

—Poli hace lo mismo, pero con sitios. Una nota dentro del cajón del escritorio que uso en la biblioteca. Un texto metido en un documento del archivo. Una vez, una hoja doblada dentro de mi propio cuaderno, el que llevo en el bolso. Dentro de mi bolso, David.

—¿Y nunca lo has visto? ¿A Poli?

—No. ¿Y tú? ¿Has visto a Smith?

—No. Pero a veces...

—¿Qué?

David dudó, y Marina reconoció esa duda al instante, porque era la duda de quien está a punto de decir algo que le costará desdecir si el otro reacciona mal.

—A veces lo siento. No lo veo y no lo oigo, pero lo siento. Como una presencia, como si alguien estuviera mirando por mis ojos y usando mis pensamientos. No me controla. Es más bien como si pidiera prestada mi atención.

Marina cerró los ojos un segundo.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque iba a decir exactamente lo mismo, y si lo digo sola en una cafetería, frente a un desconocido, voy a pensar que estoy loca. Pero no lo digo sola.

David asintió, cogió el café, lo probó e hizo una mueca.

—Hay algo más —dijo Marina—. Algo que no escribí en la red y que no le he contado a nadie.

—Dímelo.

—Los mensajes cambiaron. Las primeras semanas eran ensayos, textos largos y teóricos que intentaban explicarme cosas. Después empezaron a ser directos, casi como instrucciones. Sugerencias, nunca órdenes: lee esto, busca aquí, habla con esta persona. Y el último, hace una semana, decía otra cosa. Decía, palabra por palabra:

«Encuentra al que tiene los esquemas.»

David dejó la taza sobre la mesa.

—Smith me dijo lo mismo. Palabra por palabra, las mismas.

Y las palabras de Smith, según David, eran estas.

«Encuentra a la que tiene los ensayos.»

Se miraron, y en ese momento la emoción de saberse sanos, de comprobar que no estaban inventando nada, dejó paso a algo más frío y más antiguo. La certeza de que ser dos en lugar de uno no hacía la cosa más pequeña, sino más grande.

—Vamos a hacer una cosa —dijo Marina—. Vamos a contárnoslo todo, con detalle y sin filtros, y luego veremos qué sale.

—¿Qué sale de qué?

—Soy socióloga de formación —dijo ella—. Todo es un constructo.

Un constructo, para una socióloga, es una idea que no está en el mundo y que construimos entre todos para poder hablar de él. El dinero es un constructo, la familia es un constructo, y una estructura de la que nadie ha oído hablar también lo es, aunque eso no la haga menos real.

David casi sonrió. Casi.

—De acuerdo. ¿Quién empieza?

—Tú. Cuéntame el primer esquema, el que encontraste en la biblioteca. Quiero saberlo todo.

David habló durante diez minutos. Le describió el esquema inicial: puntos de conocimiento conectados por líneas de distinto grosor, etiquetas escritas en una taquigrafía que no reconocía, y anotaciones en el margen con una caligrafía pequeña y precisa. Le describió los esquemas siguientes, cinco en total, cada uno más complejo que el anterior y cada uno dejado en un sitio más improbable. Un libro de lógica en el departamento de filosofía. Un manual de gramática en la biblioteca pública del centro. Y una novela de Galdós, de todos los sitios, con un esquema doblado entre las páginas doscientas diecisiete y doscientas dieciocho. Cada esquema ampliaba el anterior, cada uno añadía una capa de complejidad, y todos estaban firmados con una sola letra: la ese.

—Ese de Smith —dijo Marina.

—Ese de Smith.

—Bien. Ahora escucha lo mío.

Marina habló más despacio, no porque tuviera menos que contar, sino porque lo que tenía que contar pesaba más. Le describió los tres ensayos de Poli. El primero, el del archivo: treinta y dos páginas sobre la transmisión cultural y sobre los portavoces. El segundo lo encontró tres semanas después, dentro de un libro de la biblioteca de sociología, y tenía diecinueve páginas sobre la ética de hablar por otros. Sobre la responsabilidad del que media entre dos y sobre el peso de las palabras que no son tuyas. Y el tercero, encontrado en su propio buzón, sin remitente, sin matasellos y sin explicación: cuarenta y siete páginas que describían algo que Poli llamaba la red de portavoces. Un sistema. Una estructura. Un organismo.

—¿Un organismo? —preguntó David.

—Las palabras exactas eran estas.

«No es una organización. Las organizaciones se construyen. Esto creció. Como un bosque. Cada árbol es un portavoz. Cada raíz subterránea es un mensaje. El bosque no sabe que es un bosque. Los árboles no saben que están conectados. Pero lo están.»

David tardó un momento en digerir aquello.

—Y los esquemas de Smith son exactamente eso —dijo—. Raíces. Conexiones. Un bosque dibujado como un mapa.

—Sí.

—Entonces Poli y Smith...

—Se conocen. O al menos saben el uno del otro. O al menos forman parte de la misma estructura.

David se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa y la mirada fija.

—Hay algo que no te he contado. Algo que encontré ayer.

—Qué.

—El último esquema. El sexto. Llegó el miércoles, dentro de un libro que estaba en mi mesa de trabajo. Un libro que yo estaba usando esa misma mañana y que estoy seguro de haber dejado cerrado.

—¿Dónde estaba el libro?

—En mi despacho, en la facultad. En un edificio con control de acceso y con llave en la puerta.

Marina entendió perfectamente lo que eso significaba, porque ella trabajaba en un edificio igual. En sitios así no entra nadie que no tenga una razón para entrar, y siempre hay una puerta que se cierra sola por detrás. Un libro que uno deja cerrado y que amanece con un papel dentro no es una casualidad: es una visita.

—Continúa.

David abrió la mochila, sacó una carpeta transparente y la puso sobre la mesa, entre las dos tazas de café frío. Dentro había un papel doblado.

—Es el esquema más complejo de todos. Mira la estructura.

Marina lo estudió. Puntos, conexiones, etiquetas. La misma taquigrafía y la misma caligrafía pequeña y precisa. Pero aquel esquema tenía algo que no tenían los anteriores: tenía anotaciones en el margen, y no estaban escritas por la misma mano.

—Esto no es de Smith —dijo Marina.

—No.

—La letra es distinta. Más redondeada. Más emocional.

—Míralo de cerca. Mira la esquina inferior izquierda.

Marina lo hizo, y dejó de respirar. En la esquina inferior izquierda del esquema de Smith, en una caligrafía que reconocía porque la había leído en tres ensayos manuscritos, había una sola palabra.

«Confirma.»

—Los agentes se conocen —dijo Marina, con una voz que no parecía la suya.

—No solo se conocen. Se están comunicando. A través de nosotros, a través de los esquemas y de los ensayos. Nosotros somos el medio. Nosotros somos la transmisión.

—Somos los árboles.

—Somos los árboles.

Marina levantó la vista del papel. David la estaba mirando con una expresión que ella entendía demasiado bien. No era miedo, exactamente. Era la conciencia de que lo que habían descubierto ya no se podía desdecir, y de que a partir de ese momento todo era distinto. El mundo tenía una capa que los dos habían intuido, y ahora la veían con claridad.

—¿Confirma qué? —preguntó Marina—. ¿Qué se supone que tiene que confirmar Poli?

—Mira el centro del esquema.

Marina lo miró. En el centro, donde todas las líneas convergían, donde todos los puntos se conectaban, había un punto marcado con un círculo grueso. Y dentro del círculo, en la letra de Smith, una etiqueta.

«Lumen.»

Marina retrocedió en la silla, como si el papel pudiera morderla.

—Lumen —repitió.

—Nunca había aparecido antes. Ni en los esquemas, ni en los ensayos, ni en ningún mensaje. Es la primera vez.

—Es un nombre.

—Es un nodo central. Es el punto del que parte todo.

Marina miró la cafetería. El camarero que limpiaba la barra. La pareja que discutía en voz baja junto a la ventana. El estudiante que tecleaba con los auriculares puestos. El mundo de siempre, el mundo que seguía funcionando como si no hubiera cambiado nada.

Pero algo había cambiado.

—David.

—Sí.

—¿Estás sintiendo lo que yo estoy sintiendo?

—Depende de lo que estés sintiendo.

—Como si alguien nos estuviera escuchando. Ahora. Aquí. Como si el hecho de enseñar ese papel hubiera abierto algo. Una puerta. Una conexión. Como si...

—Como si nuestros árboles acabaran de tocar raíces.

No dijo nada más, y no hacía falta nada más. El café seguía frío. La cafetería seguía sin tener árboles. La bombilla del rincón seguía parpadeando. Pero entre Marina y David, sobre una mesa de formica con dos tazas vacías y un papel que no debería existir, algo se había activado.

«Lumen.»

Y ahora que sabían su nombre, Lumen sabía el suyo.

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