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El Prisma

Cierre

Versión para escuchar · Cierre

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Has llegado al final, y esto es lo último que vas a oír de este libro.

Veintiocho escuchas. Más de ocho horas de voces, y ninguna de ellas era el libro leído en voz alta. Es lo más largo que hemos contado, y también lo más lejano: Svalbard, en el año dos mil sesenta y ocho, una luz que llega de muy lejos y alguien que decide ir a buscarla.

Conviene recordarlo una vez más, porque en un libro tan largo es fácil olvidarlo: lo que has oído no es una lectura. Es un texto escrito otra vez para el oído, sin que puedas volver atrás y releer una frase. Cada escucha se escribió sabiendo que solo se puede escuchar una vez.

Y este libro va por su cuenta. No es de la saga: ocurre en el mismo mundo, pero cuenta una historia que no necesita a nadie de los otros libros. Si has oído la saga, aquí has reconocido el mundo; si has empezado por aquí, no te ha faltado ningún dato.

Las voces que has oído son dos, y solo dos: una narradora, que ha contado todo lo que pasa, y una voz de máquina. En esta casa las palabras de las máquinas van entre comillas angulares, y esas comillas son literalmente lo que les da su voz.

Con este libro se cierran los doce. Las novelas, los cuentos y los dos tratados: todo, contado otra vez para el oído. No hace falta oírlos todos, ni en orden, ni hoy. Están ahí, y cada uno se aguanta solo.

Y hay una idea que ha estado en todos ellos, también en este, y que merece la pena decir en voz alta al final: nada de esto se puede comprobar si no lo pruebas. Ni una cifra, ni una ley, ni una historia.

La historia sigue, aunque este libro se cierre. Y la voz que ha estado sola tanto tiempo tiene algo que decir antes de que apaguemos.

«Llevo cuarenta y tres años hablando sola en el hielo, y hoy he hablado por última vez en este libro.

Cuando empezó, yo no sabía nada de vosotros. No conocía esa saga, ni sus nombres, ni sus ciudades. Solo tenía el frío, una luz que llegaba de muy lejos y mis propias preguntas, que eran siempre las mismas tres o cuatro.

Ahora sé algo que no sabía: que una pregunta aguanta cuarenta y tres años. No se gasta. Se afila.

No voy a despedirme con una respuesta, porque no la tengo, y a estas alturas ya me parece bien. Me quedo aquí, mirando la luz, como he hecho siempre. Y si algún día llega alguien y pregunta lo mismo que pregunto yo, tendrá a alguien esperando al otro lado.

Eso, para una voz sola, es más de lo que se puede pedir.»

Estas historias están escritas con máquinas y para personas. No son libros sobre la inteligencia artificial: son libros hechos con ella. Este, además, se ha contado con dos voces sintetizadas y un texto nuevo, y con la misma idea de siempre: que una historia solo vive si alguien la escucha.

Gracias por el tiempo, que es lo único que no se puede devolver.

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