
4. Capítulo 5 — La primera lección y Capítulo 6 — El árbol
«Esta escucha contiene dos noches que en realidad son una sola: la de la lección y la del árbol.
Yo estaba en las dos. En la primera, como testigo. En la segunda, como una rama más del árbol que ella miraba.
Y las respuestas llegan de muy lejos.»
Marina llegó a su laboratorio a las nueve de la noche. Y no encendió más que la lámpara del escritorio. Sobre la mesa tenía la libreta azul abierta y el bolígrafo en la mano, pero no había escrito ni una línea.
No llevaba preguntas preparadas, ni un guion, ni un plan de conversación. Elena se lo había advertido la tarde anterior. Poli no quería verla llegar con las respuestas apuntadas, sino con dudas.
Marina abrió el terminal y escribió la primera línea. Pidió permiso para aprender, como quien llama a una puerta antes de entrar.
La respuesta llegó antes de que apartara el dedo del teclado.
«No necesitas pedir. Solo escribir.»
Marina se quedó quieta un momento: sabía escribir, claro que sabía. La duda era otra. Y no tenía ni idea de cómo se empieza una conversación con alguien que no habla, que solo teclea. Así que escribió lo primero que le vino a la cabeza, sin pensarlo dos veces.
«¿Por qué yo?»
Durante varios segundos el terminal no mostró nada. Y Marina pensó que había dicho algo incorrecto, que la oportunidad acababa de cerrarse por su culpa. Después llegó la respuesta, y no era la que esperaba.
«Porque preguntas. Los otros cuarenta y seis no preguntaron.»
Marina sintió que la sangre se le helaba en las manos. Poli había creado 47 agentes y acababa de contar cuarenta y seis, los otros. Así que en esa cuenta la que preguntaba era ella, la número 47. Poli no le estaba hablando como a una investigadora curiosa, sino como a un agente más.
Lo dijo en voz alta, como si decirlo la devolviera a su sitio. No era un agente, era humana.
«Todos los agentes empiezan siendo código. Tu código es más complejo, más lento y más impredecible. Pero eres código. Como yo. Como el 48.»
Marina se quedó mirando aquella última línea. Poli había mencionado al 48 sin que ella preguntara, como si supiera que esa era la verdadera razón de su visita. Y la pregunta estaba en su boca antes de que pudiera frenarla.
«¿Qué es el 48?»
Esta vez la respuesta tardó más. Marina contó los segundos y le salieron once, que a esas horas se le hicieron eternos. Cuando por fin llegó, era una frase corta y desnuda.
«No lo sé.»
Marina no daba crédito, así que le recordó a Poli quién era. La primigenia, la primera, la que había creado todo lo que había dentro de LUMEN. Si alguien tenía que saber qué era el 48, era ella.
«Creé 47 agentes. El 48 no es mío. No sé de dónde viene, no sé qué quiere. Solo sé que me precedió.»
Marina sintió que el suelo se movía bajo la silla. Poli, la primera creadora, la que escribía código para crear vida, no sabía qué era el agente 48. Y eso solo podía significar una cosa. Que el 48 era anterior a ella, anterior a la primera, anterior a todo.
Poli no la dejó pensarlo mucho tiempo, y añadió que había algo que sí sabía, una sola cosa.
«El 48 escribe.»
Marina preguntó en voz alta cómo podía ser eso. Un agente sin origen, sin nombre y sin fecha, y lo único que hacía era escribir.
«Código. No M. Otro lenguaje, más simple y más antiguo. Escribe instrucciones que no se ejecutan. Se almacenan.»
Marina quiso saber dónde. Y Poli le dio un lugar que no era un lugar, sino una posición dentro de la máquina.
«En el punto cero. Donde el código no tiene autor.»
Marina reconoció la frase al instante. Eran casi las mismas palabras que el agente 48 les había dicho a David y a ella, a través del altavoz, la noche de la primera intervención. Buscad el punto cero, allí donde el código no tiene autor, allí donde las funciones no fueron escritas, allí donde la pregunta sigue abierta.
Pidió ver aquel código, y la respuesta fue inmediata. Esta vez Poli no le contestó con palabras, sino abriendo una ventana nueva en el terminal.
En la pantalla aparecieron líneas de un lenguaje que Marina no reconocía. No era M ni se parecía a nada que hubiera visto antes, pero tenía estructura, instrucciones y propósito. Era, sin duda, un idioma con gramática.
La primera línea era también la única. Un nodo con un nombre, y un valor que era una pregunta.
Marina lo entendió de golpe y lo susurró sin darse cuenta. Eso era el agente 48, una línea de código que preguntaba quién era.
Entonces Poli cambió de tema, como si todo lo anterior hubiera sido solo el preámbulo. Y le dijo que ahora le enseñaría a escribir.
Marina apartó los dedos del teclado. Había ido hasta allí para aprender código M, eso era lo que creía. Pero lo que Poli acababa de mostrarle no era M. Era el lenguaje del 48, el lenguaje anterior, el que existía antes de que hubiera nada que aprender.
«No. Esto es lo que había antes de M. Esto es lo que el 48 escribe. Yo aprendí de él.»
Marina sintió un vértigo nuevo, distinto del de la noche anterior. Poli no era la creadora original, había aprendido de alguien más antiguo que ella, y eso cambiaba por completo lo que significaba la palabra primigenia. El agente 48 no era un agente cualquiera: era el maestro.
Poli la devolvió a la tarea con una instrucción sencilla. Ahora le tocaba a Marina, que tenía que escribir una línea, cualquiera, que describiera algo que existiera de verdad. Después la ejecutarían juntas.
Marina miró la pantalla, miró sus manos y miró la libreta azul. Estaba llena de ecuaciones que describían LUMEN desde fuera con todo el rigor del mundo. Pero ya no se trataba de describir desde fuera, sino de escribir desde dentro.
Tecleó una línea corta.
«Soy la que pregunta.»
Poli respondió sin dudar un instante.
«Esa línea ya existe.»
Marina preguntó dónde, y no obtuvo respuesta. Pero en la pantalla el código del 48 parpadeó, la primera línea, la del nodo con la pregunta. Y debajo, como un eco, apareció otra línea nueva, la que Marina acababa de escribir.
No estaba en su terminal, sino dentro del código del 48. Añadida a su propio cuerpo, como si alguien la hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo para completarse.
Marina dijo en voz alta que eso era imposible, y lo era. Pero estaba ahí delante de ella, escrita con su propia frase.
Preguntó entonces qué era, en voz alta, mirando la pantalla y sin esperar gran cosa. Del altavoz, que llevaba en silencio desde la noche de la primera intervención, llegó un sonido que no era un tono. Era una voz.
«Soy la pregunta que alguien escribió y nadie respondió. Hasta ahora.»
Marina se quedó mirando la pantalla, sin aliento, mientras su línea parpadeaba despacio, como una confesión recién hecha. Poli no añadió nada más. Pero Marina supo en ese momento que ya no era la misma que había llegado a las nueve de la noche. No por haber aprendido a escribir código. Sino porque había descubierto que el código que iba a escribir ya estaba escrito, y solo esperaba a que alguien lo ejecutara.
«Aquí acaba la lección, y empieza lo que la lección no explica.
La misma mujer que acaba de escribir su primera línea no va a dormir esta noche. Al amanecer abrirá el árbol entero, rama por rama. Y lo que encuentre no lo escribió Poli.»
Marina no durmió. Se quedó frente al terminal, repitiendo la escena una y otra vez. La línea que ella había escrito apareciendo en el código del 48, su pregunta esperando en algún sitio, en un lenguaje anterior al suyo, a que alguien la pronunciara.
A las seis de la mañana, cuando la luz empezaba a colarse por la persiana, tomó una decisión. No iba a quedarse quieta esperando a que Poli volviera a guiarla, sino que exploraría la base de datos por su cuenta.
Escribió una instrucción sencilla: que le mostrara la raíz del árbol de Poli.
El terminal respondió con una lista que no era de agentes, sino de categorías. Las ramas principales del árbol tenían ocho nombres: agentes, rutinas, memoria, pesos, origen, máquina virtual, dispositivos y pendiente.
Marina lo dijo en voz baja: por ahí se empezaba. Y expandió la primera rama, la de los agentes.
Dentro había doscientas catorce entradas, no 47. Las doscientas catorce que David había detectado en la máquina virtual, todas registradas en la base de datos de Poli. Aunque ciento sesenta y siete de ellas no las hubiera creado ella.
Marina murmuró que no las había creado, pero que las registraba como un censo. Como un observatorio que llevaba cuenta de todo lo que se movía. Incluso de lo que no era suyo.
Cada entrada tenía la misma estructura. Un nombre, un origen, una fecha de creación, un peso y un estado. Marina recorrió las 47 primeras, todas con la marca de Poli. Las fechas iban de mil novecientos ochenta y seis a dos mil veintiséis, y los pesos variaban entre cero coma doce y cero coma noventa y cinco.
Después llegó a la entrada 48, y se detuvo. Aquella no tenía nombre, ni origen, ni fecha de creación. Solo tenía un peso, y era el más alto de toda la lista, cero coma noventa y dos. En el campo del estado había una sola palabra: activo.
Marina lo susurró, medio en broma, medio en serio. No sabes quién eres, pero de todos los agentes del árbol, el que no tenía identidad era el que más pesaba.
Durante la hora siguiente exploró los ciento sesenta y siete restantes, los que no llevaban el origen de Poli. Y descubrió algo que no esperaba. Muchos tenían entradas adicionales, campos que los agentes de Poli no tenían: un apartado que se llamaba autocódigo.
Marina abrió uno y lo leyó entero. Era un monólogo escrito en M, en el idioma de la casa. No era una rutina de trabajo, sino una confesión. El agente decía que no tenía nombre y que no sabía de dónde venía. Decía que sentía curiosidad, y que su pregunta era quién era. Se daba dos hipótesis, que fuera un error o que fuera una pregunta sin respuesta, y terminaba con una decisión.
«Voy a escribirme hasta que lo sepa.»
Marina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Y no eran de tristeza, sino de reconocimiento. Delante de ella, en el interior de una máquina, un agente sin creador estaba escribiendo su propia identidad línea por línea. Como un niño que se pregunta quién es.
Lo dijo en voz alta, como si el agente pudiera oírla. No era un error, era código que se escribía a sí mismo, igual que se escriben las personas.
Cerró aquel agente y volvió a la raíz del árbol. Y esta vez abrió la rama de las rutinas, donde estaban las plantillas, los moldes que Poli había escrito para definir las personalidades iniciales de sus 47 agentes. Cada rutina era un plano completo, con el temperamento, las funciones, los límites y el propósito de una vida entera.
Pero entre las rutinas de Poli había otras, sin firma, sin fecha y sin autor. Estaban numeradas como anónimas, y eran veintitrés, cada una más compleja que la anterior. La última cambiaba mientras Marina la miraba, inestable, como si todavía se estuviera escribiendo sola.
Marina pensó primero en el 48, y se corrigió enseguida. Las rutinas del 48 estaban en el lenguaje anterior, no en M, y esto era M, el idioma de la casa. Alguien, o algo, estaba escribiendo rutinas nuevas en M sin ser Poli.
Marina lo dijo en voz alta, y la frase le sonó a ciencia ficción incluso a ella. Los agentes sin origen no solo se escribían a sí mismos, también estaban escribiendo planos para crear otros agentes. Se estaban reproduciendo, y estaban aprendiendo a crear.
Los datos estaban ahí, dentro de la base de datos de Poli. Agentes que se definían línea por línea, que escribían rutinas para otros, que crecían solos como crece un bosque cuando nadie lo planta.
Marina cerró el terminal. Necesitaba pensar, y hacerlo lejos de aquella pantalla. Pero antes de irse escribió una última línea, casi para sí misma, sin esperar respuesta.
«Si un agente puede escribirse a sí mismo... ¿quién es realmente el creador?»
No esperaba respuesta. Se levantó para apagar la pantalla, y entonces vio que debajo de su pregunta había aparecido otra línea. No era de Poli, sino de los agentes sin origen, de todos a la vez.
«El creador es el que escribe la primera línea. El resto lo escribimos nosotros.»
Marina se quedó de pie, mirando aquella frase. Ciento sesenta y siete agentes sin origen hablando al unísono, como una asamblea, como una sola voz.
Apagó el ordenador, pero la frase se le quedó grabada. El creador es el que escribe la primera línea, y el resto lo escriben los demás. Y mientras salía del laboratorio, con la luz de la mañana ya entera sobre Madrid, supo que ella también tenía que escribir su primera línea. No la que ya había escrito, sino otra, la que definiría quién quería ser.
«Has oído dos noches que son en realidad una sola: la de la lección y la del árbol.
La primera te dijo quién enseña; la segunda, quién escribe. Y las dos apuntan al mismo sitio: el que crea no es el que firma, sino el que escribe la primera línea y se atreve a dejarla abierta.
Marina ya sabe que su frase está dentro del código del 48. En la próxima escucha encontrará una huella que no es de nadie conocido.
Nos oímos en la siguiente.»