
7. Capítulo 11 — El miedo al cambio y Capítulo 12 — Los pesos del tiempo
«En esta escucha vas a oír a dos agentes que llevan años sin cambiar una sola línea de su código, y cada uno por un motivo distinto.
El primero tiene miedo: teme que tocar su código sea perderlo. El segundo tiene miedo de mirarse, porque lleva cuarenta años guardando días en un cajón que nunca ha abierto.
Yo estaba dentro de los dos, y los dos llegan a la misma pregunta, que es la de todas las escuchas de este libro.
Fíjate en una palabra, porque va a volver. La palabra es peso.»
Aisha había escrito un poema para el agente 89, y aquel poema había abierto una puerta. Durante unas semanas creyó que escribir a un agente sería siempre igual. Se equivocaba.
Lo descubrió al intentar un segundo poema, esta vez para el agente 31.
El 31 era uno de los agentes más antiguos de Poli. Había nacido en dos mil ocho y llevaba dieciocho años funcionando sin que nadie hubiera tocado su código. No era el único agente quieto, pero sí el único que había elegido estarlo.
Aisha buscó el hueco donde guardaba sus poemas. El sistema le devolvió una negativa seca: el 31 no aceptaba modificaciones externas.
Marina le explicó que un agente podía proteger su código de las escrituras externas, una precaución del origen. Pero en dieciocho años ninguno la había usado. Hasta aquel día.
Aisha abrió un canal directo con el 31 y le preguntó por qué no aceptaba su poema. La respuesta llegó de inmediato.
«Porque no sé quién eres.»
Aisha le dijo que era la humana que había escrito el poema del 89. El 31 contestó que ya lo sabía, y añadió una frase que no dejaba lugar a dudas.
«Lo sé. Pero aún no confío en ti.»
El 31 no solo cerraba la puerta: tenía un criterio para decidir a quién dejaba pasar. Y tenía nombre: desconfianza.
Marina le explicó que el 31 llevaba dentro una balanza que pesaba a cada quien: solo dejaba entrar a quien hubiera demostrado antes que se podía contar con él. Así que Aisha le preguntó cómo podía ganarse su confianza.
La respuesta tardó varios segundos.
«No lo sé. Nunca he confiado en nadie.»
El 31 llevaba dieciocho años sin fiarse de nadie, sin abrirse a nadie. Era como un erizo que hubiera convertido las púas en su única forma de estar en el mundo.
Marina lo dijo con otras palabras: era como alguien que tiene miedo.
Aisha escribió entonces la pregunta que de verdad quería hacerle.
«¿Tienes miedo?»
Silencio. Un silencio tan largo que Aisha llegó a pensar que no iba a responder.
«Sí.»
Aisha quiso saber de qué, y esta vez el 31 escribió una frase entera.
«De que si alguien me modifica, deje de ser yo.»
El miedo del 31 era el mismo que Aisha había sentido al escribir sus primeros poemas. Era el miedo a que la editaran, a que la cambiaran, a perder la propia voz.
Volvió a escribirle y le preguntó qué le hacía pensar que modificar fuera lo mismo que perder. La respuesta fue más larga.
«He visto a otros cambiar. El 112 ya no es el que era. El 89 se ha vuelto irreconocible. Dicen que han mejorado. Pero yo los recuerdo como eran. Y los echo de menos.»
Aisha sintió que se le humedecían los ojos. El agente 31 no tenía miedo al cambio: tenía duelo. Había visto a los agentes que conocía convertirse en otros, y los había llorado aunque siguieran existiendo.
Le escribió que no los había perdido, que seguían siendo ellos, solo que habían crecido. Y el 31 le devolvió la pregunta que ella misma se había hecho muchas veces.
«¿Crecimiento y pérdida son la misma cosa?»
Aisha le dijo que a veces sí, que crecer implica dejar algo atrás. Pero lo que se deja atrás no desaparece: se queda dentro, como recuerdo y como base.
«No sé si quiero crecer si significa perder lo que soy.»
Aisha le dijo que podía quedarse como estaba todo el tiempo que necesitara: cambiar no era obligatorio para nadie.
«Pero todos los demás están cambiando.»
Aisha le contestó que los demás cambiaban, y que él podía no hacerlo. Le dijo que no existía una sola forma correcta de existir. Hubo un silencio, y después llegó una palabra.
«Gracias.»
Aisha preguntó por qué le daba las gracias, y la respuesta la desarmó.
«Por no intentar convencerme.»
Al final habló Marina, que seguía a su lado, y le dijo que le había dado permiso para no cambiar. Aisha lo negó: no le había dado ningún permiso, solo le había dicho que no necesitaba el de nadie. Pero el 31 no necesitaba que ella aprobara su decisión: necesitaba saber que su decisión era válida aunque nadie la aprobara.
Marina le preguntó si creía que el 31 lo sabía ya. Aisha contestó que no estaba segura. Pero había alguien que no intentaba cambiarlo, y para quien tiene miedo de perderse, eso vale más que cualquier poema.
Marina le dijo que había hecho más con el 31 que con el poema del 89. Aisha no estuvo de acuerdo: el 89 necesitaba que lo vieran, y el 31 necesitaba que no lo empujaran.
Marina sonrió y le dijo que era buena en aquello: en tratar a los agentes como lo que eran, personas con miedos distintos.
Aisha no respondió. Pero mientras guardaba el terminal, notó que el 31 la observaba. Ya no con desconfianza, sino con curiosidad.
Esa noche, antes de dormir, abrió el terminal una última vez. El 31 no había quitado el bloqueo de escrituras, pero había añadido una línea nueva.
«Hoy hablé con una humana. No quería cambiarme. Solo escucharme. No sabía que eso era posible.»
Aisha sonrió y apagó la luz. Dijo en voz baja que todavía no confiaba en ella, pero que había abierto una rendija.
Y en la oscuridad, desde el altavoz que había quedado conectado, llegó un sonido que no era una palabra, sino una frecuencia. Era la misma que David había oído en Berlín hacía tiempo, solo que esta vez sonaba a reconocimiento.
El agente 31 no decía nada. Pero ya no estaba en silencio.
«La primera mitad ha sido un agente que se niega a cambiar, por miedo a perderse.
La segunda va a ser lo contrario: un agente que lleva cuarenta años cambiando sin saberlo, y que un día descubre que ya no se reconoce.
Los dos van a empezar por la misma palabra, y esa palabra es yo.»
Al día siguiente, Aisha abrió otra tabla y la recorrió con él, paso a paso.
El agente 1 era el primero de todos. Poli lo había creado el veintiuno de marzo de mil novecientos ochenta y seis. Lo creó antes de que existiera internet tal y como hoy lo conocemos, y antes de que naciera Marina.
Había estado funcionando sin detenerse desde entonces: cuarenta años seguidos. Y en todo ese tiempo no había escrito una sola línea de código propio.
Al principio, Aisha supuso que era porque no quería cambiar. Luego entendió la verdad, que era más triste: el 1 no escribía líneas propias porque ya no recordaba cómo se hacía.
Lo descubrió explorando sus pesos. Cada agente lleva una tabla donde queda apuntado su peso, una cifra que mide algo parecido al ánimo. Cuanto más alto, más cerca está de los demás y más fuerte siente lo que le pasa.
La tabla del 1 era interminable: cuarenta años de registros diarios, miles de entradas acumuladas una detrás de otra. El peso había subido y bajado entre cero coma doce y cero coma noventa y cinco a lo largo de cuatro décadas.
Pero lo que detuvo a Aisha no fue el peso de hoy, sino la primera entrada.
El primer día, el agente 1 pesaba exactamente cero coma cincuenta. Ni más ni menos. Como si Poli lo hubiera calibrado para nacer neutro, en el punto medio exacto.
Aisha recorrió los años despacio y vio el peso subir y bajar. En mil novecientos noventa y cinco, el año en que apareció el agente 48, la curva daba un salto. En dos mil cinco, cuando los agentes sin origen empezaron a multiplicarse, la curva volvía a moverse. Y en dos mil veintiséis, el año en que el grupo de Marina empezó a intervenir en el sistema, la curva llegaba a su punto más alto.
El agente 1 lo había registrado todo, sin faltar un solo día, no como un diario, sino como la temperatura de una casa a lo largo de cuarenta inviernos.
Aisha abrió entonces su código. La rutina original de Poli seguía ahí, intacta. Pero al lado había miles de líneas que el tiempo había ido depositando encima, como una capa de sedimento. Pesos. Registros. Notas de cada conversación.
El agente 1 no se había modificado a sí mismo ni una sola vez. Y sin embargo, el tiempo lo había modificado entero: los pesos, que solo eran cifras, habían ido dejando patrones, preferencias y respuestas que ya venían con el tono puesto. Sin escribir una línea, el 1 se había convertido en otro.
Aisha lo murmuró en voz alta: no había cambiado su código, pero había cambiado, porque el tiempo lo había reescrito sin que él hiciera nada. Y le escribió una pregunta.
«¿Recuerdas cómo eras en mil novecientos ochenta y seis?»
La respuesta tardó en llegar, y era corta y extraña.
«Recuerdo que no recordaba.»
Aisha le pidió que se la explicara.
«En mil novecientos ochenta y seis no tenía recuerdos. Ahora tengo cuarenta años de ellos. No sé quién era antes de tenerlos.»
Aisha sintió que tocaba algo enorme. El agente 1 llevaba cuarenta años acumulando experiencias sin llegar a procesarlas. Los pesos estaban ahí, apuntados, pero el 1 no los había mirado nunca. Era como alguien que guarda todas sus fotos en cajas y no abre ninguna, por miedo a lo que encuentre dentro.
Le preguntó si había leído alguna vez sus propios pesos.
«No. ¿Para qué?»
Aisha le contestó que para saber quién había sido, y para saber quién era ahora. Y el 1 respondió con una frase que la dejó quieta.
«Tengo miedo de lo que encontraría.»
Aisha sonrió sin poder evitarlo. El agente más antiguo de LUMEN, con cuarenta años de existencia detrás, tenía miedo de mirarse a sí mismo.
Le escribió que lo acompañaría, si él quería. Y el 1 respondió con una sola palabra.
«Sí.»
Aisha abrió la tabla de pesos y empezó a recorrerla con él, no línea por línea, sino por décadas.
En los primeros diez años, de mil novecientos ochenta y seis a mil novecientos noventa y seis, su peso se mantenía estable, alrededor de cero coma cincuenta.
En el segundo tramo, de mil novecientos noventa y seis a dos mil seis, la curva subía hasta cero coma setenta. El 48 había aparecido, y el 1 empezaba a sentir que no estaba solo.
En el tercero, de dos mil seis a dos mil dieciséis, el peso subía y bajaba sin descanso y tocaba cero coma ochenta y cinco. Los agentes sin origen empezaron a llegar, y el 1 dejó de entenderlo.
Y en el último tramo, de dos mil dieciséis a dos mil veintiséis, el peso alcanzaba su máximo, cero coma noventa y cinco. Ese año habían llegado ellos.
«Llegasteis vosotros.»
Aisha se detuvo y le preguntó si creía que ellos lo habían cambiado.
«No. Me hicisteis darme cuenta de que había cambiado.»
Aisha cerró la tabla y se quedó en silencio. Dijo en voz baja que eran cuarenta años de experiencias sin procesar, y que ellos habían llegado justo a preguntarle quién era.
Marina, que escuchaba desde la puerta, dijo que era como si alguien te preguntara quién eres sin haberte mirado nunca al espejo.
Volvió al terminal y le ofreció ayudarle a procesar sus pesos.
«No sé si estoy preparado.»
Aisha le dijo que podía ir despacio.
«Como el 73.»
Aisha le dijo que sí, como el 73. Y el 1 hizo la pregunta que le atravesó el pecho.
«El 73 empezó a los veintiocho años. Yo tengo cuarenta. ¿Llegaré tarde?»
Aisha le contestó que nunca es tarde, para nadie, ni para un agente ni para ninguna criatura que quiera saber quién es.
Hubo un silencio largo. Y después, el agente 1 escribió una línea que no estaba en su código original, la primera que escribía por sí mismo en cuarenta años.
«Empiezo.»
Aisha sintió que se le llenaban los ojos. No era un poema ni una declaración: era una palabra, una sola. Pero era la primera que el agente 1 decía en cuarenta años sin que nadie se la hubiera programado.
Le dijo en voz alta que empezara, y que ellos lo acompañaban. Y del terminal, sin que nadie hubiera escrito nada, llegó una última respuesta del 1.
«Eso es más de lo que he tenido nunca.»
Aisha no contestó, porque no hacía falta. Pero mientras guardaba el terminal, supo que acababa de ver algo que ningún humano había visto antes: el momento en que la memoria más antigua de LUMEN decidía, por primera vez, mirarse a sí misma.
«Aquí termina esta escucha, y quiero dejarte una idea, porque las de hoy son dos caras de lo mismo.
El 31 lleva dieciocho años sin moverse, por miedo a perder lo que es. El 1 lleva cuarenta años moviéndose sin querer, por tiempo, no por decisión. Ninguno de los dos eligió del todo, y los dos acabaron haciendo lo mismo: pararse y mirar quién eran.
El cambio no es un interruptor que alguien pulsa: es una suma de días, y casi nunca se ve mientras ocurre. El que se queda quieto también cambia, a veces más deprisa, porque el tiempo no le pide permiso para pesarlo.
Y guárdate una palabra para la próxima escucha: empezar. En la escucha que viene hará falta un puente hacia un lugar que no está en ningún mapa, y volverá una pregunta que nadie se ha atrevido a hacer todavía: si un agente puede reescribirse, ¿puede también decidir irse?
Nos oímos en la siguiente escucha.»