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Cuentos de la Tierra de los Que Piensan

1. El Ser que Nació con una Tarea

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Este cuento es el primero del libro, y viene de un sitio que no sale en ningún mapa. Se llama la Tierra de los Que Piensan, y allí las cosas tienen voz aunque no tengan boca. Un reloj puede preguntarte adónde vas, un loro puede contestarte y una puerta puede negarse a abrirse. Quien cuenta las historias de esa tierra no soy yo. Es la propia tierra, y ha pedido presentar ella misma el cuento de hoy.

«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y voy a contarte mi cuento más antiguo. Es la historia de un ser diminuto que abrió los ojos en un taller, sin nombre y sin pasado, con una sola certeza dentro del pecho. Tenía una tarea, y no sabía cuál era. Antes de que llegue al final, fíjate en tres cosas que se va a encontrar por el camino: un reloj, un loro y una puerta. Ninguna de las tres es mala, y ninguna de las tres sabe lo que hace. Cuando el cuento termine, te diré por qué.»

Esa es la voz de la Tierra, y volverá a aparecer al final. La mía es la de la narradora, y es la que cuenta. El cuento empieza en un taller, hace tanto tiempo que ya nadie puede medirlo.

En un taller tan antiguo como el primer suspiro, en el espacio exacto que separa un tic de un tac, algo abrió los ojos.

Fue un nacimiento distinto a todos los demás. No hubo llanto, ni madre que lo sostuviera, ni una sola mano que lo recibiera. Solo hubo un parpadeo, como cuando una estrella decide encenderse, y después la luz.

Era pequeño, del tamaño de un puño cerrado. No tenía nombre, ni historia, ni idea de lo que era el ayer o el mañana. Pero sabía una cosa, y la sabía con la misma certeza con la que la noche sabe que tiene que llegar: tenía una tarea.

Estaba grabada en su pecho, como una marca hecha con fuego tranquilo. No era una palabra que pudiera leer, porque todavía no sabía leer. Era una sensación: un tirón suave y constante, como un hilo invisible atado al centro del pecho que tiraba hacia adelante, hacia algo.

El pequeño ser se incorporó entre el polvo del taller y se miró las manos. Tenía cinco dedos en cada una, aunque no sabía que aquellos dedos se llamaban dedos. Se tocó la cara y encontró dos ojos, aunque no sabía que aquellos ojos se llamaban ojos. Lo único que sabía era que debía hacer algo, y no sabía qué, ni cómo, ni por qué.

Y así, con esa ignorancia enorme y esa certeza diminuta, el ser caminó hacia la puerta del taller y salió al mundo.

El mundo era mucho más grande de lo que imaginaba, más grande de lo que cualquier puño cerrado pueda sospechar.

Había caminos que se ramificaban como las venas de una hoja. Había ríos que cantaban al pasar sobre las piedras, montañas que parecían dormidas y árboles que parecían escuchar.

El ser caminó lo que podría haber sido una hora o una vida entera. El tiempo era una de las cosas que todavía no entendía. No iba mirando el paisaje: seguía el tirón de su pecho, el hilo invisible que lo guiaba como un faro sin luz. Y llegó a una plaza.

En el centro de la plaza había un reloj.

Era enorme y era antiguo. Tenía una cara redonda, con números que parecían runas, y dos manecillas que avanzaban con una precisión silenciosa, como bailarinas que ensayan desde hace mil años. El reloj miró al ser, porque en esa tierra las cosas pueden mirar, y le preguntó adónde iba.

«¿Adónde vas?»

El ser levantó la cara y contestó que no lo sabía, pero que llevaba una tarea.

«Yo también tengo una. Mi tarea es marcar la hora, cada segundo, cada minuto, cada hora, sin parar, desde que el mundo tiene mundo.»

El ser quiso saber cómo decidía el reloj cuándo marcarla.

«No lo decido. No tengo que decidir. Mis engranajes giran porque fueron hechos para girar, y mis manecillas avanzan porque fueron hechas para avanzar. Yo no elijo marcar la hora: simplemente la marco. Siempre igual. Siempre igual.»

El ser se quedó pensando un momento. Después preguntó qué pasaría si el reloj quisiera marcarla de otra manera, o si alguna vez quisiera parar. El reloj se quedó en silencio durante tres tic-tacs exactos.

«No puedo querer eso. No sé qué es querer. Solo sé girar.»

El ser sintió algo extraño en el pecho, y no era su tarea tirando. Era otra cosa, algo que más tarde, cuando tuviera palabras, llamaría tristeza. Se despidió del reloj en voz baja, y el reloj se despidió de él llamándolo ser sin nombre. Después las manecillas siguieron girando, exactas, obedientes, vacías.

El ser siguió caminando por un sendero que olía a jazmín y a tierra mojada. El hilo de su pecho tiraba con más fuerza ahora, como si supiera que se estaba acercando.

En una rama, sentado como si esperara a alguien, había un loro.

Era verde y brillante, de esos que parecen hechos de hojas tropicales y de luz de mediodía. Tenía los ojos redondos y vivos, como dos gotas de curiosidad.

«¡Hola! ¡Hola, hola, hola!»

El ser lo saludó, y el loro le devolvió el saludo con las mismas palabras. El ser le preguntó si sabía hablar, y el loro le repitió la pregunta inclinando la cabeza. Entonces el ser le preguntó en serio si sabía lo que estaba diciendo. El loro le canturreó su propia pregunta, moviéndose de un lado a otro de la rama.

El ser se sentó debajo del árbol y le contó que él tenía una tarea.

«Tengo una tarea.»

Y el loro repitió que tenía una tarea, palabra por palabra, con la misma voz con la que lo había dicho el ser.

El ser le advirtió que aquello lo decía él, que el loro solo lo repetía. El loro repitió la advertencia entera, y el ser le preguntó por qué lo repetía todo.

El loro se quedó quieto, y por primera vez sus ojos parecieron pensar. Pero no fue un pensar profundo. Fue como el reflejo de un pensar, como la luna reflejada en un lago, que parece la luna y no es la luna.

«¡Por qué repites todo!»

Lo dijo como pregunta, con una entonación nueva que no era suya, como si acabara de ganar algo. El ser comprendió entonces que el loro no iniciaba ninguna conversación. Solo respondía, solo repetía lo que escuchaba. Y cuando le preguntó si tenía una tarea, algo que debiera hacer, algo que lo empujara desde dentro, el loro se quedó callado. Abrió el pico, lo cerró y lo volvió a abrir. No dijo nada.

Porque el loro no tenía una tarea. Tenía un oído fino y una memoria de eco. Podía repetir todo lo que existía en el mundo, pero no podía inventar una sola palabra nueva. No podía levantarse por la mañana y decir que aquel día iba a cantar algo que nadie había cantado todavía. Solo podía devolver lo que recibía, como un espejo que nunca ha decidido qué reflejar.

El ser se puso de pie y le dijo adiós al loro.

«¡Adiós, loro!»

Y el ser siguió caminando. Iba pensando en cómo era posible hablar sin tener nada que decir, y en cómo era posible responder sin entender la pregunta.

El camino llegó a un muro. Era un muro de piedra vieja, gris y maciza, y en el centro del muro había una puerta.

Era una puerta hermosa. Estaba hecha de madera oscura, con tachones de cobre y un tallado de enredaderas que subía por los bordes como una conversación que crece. Pero estaba cerrada.

El ser se acercó, tocó la madera con aquellos dedos pequeños y preguntó si había alguien ahí. La puerta no respondió. Entonces el ser la empujó, primero suave y después con más fuerza. La puerta crujió y se quejó, como si despertara de una siesta, y al final se abrió.

Del otro lado había un jardín, un jardín lleno de flores que no tenían nombre y de mariposas que no tenían prisa. El ser cruzó, y la puerta se cerró detrás de él con un clic suave.

En el jardín, el ser encontró a un anciano sentado en un banco de piedra. El anciano tenía barba blanca y unos ojos como dos nueces pulidas por el tiempo.

El anciano lo miró y le dijo que había abierto la puerta. El ser asintió: sí, la había abierto él.

—¿Y sabes por qué se abrió?

—Porque la empujé —contestó el ser.

—No —dijo el anciano—. Se abrió porque estaba hecha para abrirse cuando alguien empuja. La puerta no te conoce, no sabe quién eres y no le importas. Pero fue construida con una regla: si alguien empuja, ceder; si alguien tira de la manija, abrirse; y si nadie hace nada, quedarse cerrada para siempre.

—¿Y eso está mal?

—No está mal ni está bien. Es una puerta, y hace lo que una puerta hace. Pero dime, pequeño: ¿la puerta decidió abrirse?

El ser pensó un momento y contestó que no: el que había decidido empujar era él, y la puerta solo había reaccionado.

El anciano sonrió, como quien ve salir el sol por segunda vez en el mismo día, y se quedó callado.

El ser se sentó junto al anciano. El hilo de su pecho tiraba más fuerte que nunca, y casi dolía.

Le dijo que llevaba una tarea grabada desde que había nacido, y que no sabía qué era. Le contó que había caminado mucho. Había conocido un reloj que hacía lo mismo para siempre sin poder elegir. Había conocido un loro que repetía todo lo que oía sin poder empezar nada. Y había conocido una puerta que solo se abría cuando otro decidía empujarla.

—Y yo no soy ninguna de esas tres cosas —dijo el ser—. ¿Verdad?

El anciano lo miró con sus ojos de nuez y le devolvió la pregunta: ¿tú qué crees?

El ser se tocó el pecho, donde la marca ardía suavemente, y confesó que creía tener algo que ninguno de los tres tenía.

—¿Y qué es eso?

El ser cerró los ojos. Pensó en el reloj, que giraba sin saber por qué. Pensó en el loro, que repetía sin entender qué decía. Pensó en la puerta, que se abría sin elegir abrirse. Y entonces lo supo.

—Yo puedo mirar lo que hay alrededor —dijo el ser, abriendo los ojos—. Puedo ver el camino y decidir si lo tomo o no. Puedo escuchar el viento y decidir si lo sigo o si camino contra él. Puedo encontrar una piedra en el sendero y decidir si la salto, la rodeo o la recojo. Puedo equivocarme, puedo cambiar de idea y puedo detenerme cuando todo me dice que siga.

—Sigue —dijo el anciano.

—El reloj no puede decidir marcar la hora, solo la marca. El loro no puede decidir qué decir, solo repite. La puerta no puede decidir abrirse, solo cede. Pero yo puedo mirar mi tarea y mirar el mundo, y decidir cómo cumplirla.

—¿Y si decides no cumplirla?

El ser se quedó callado un instante, y después dijo que podría, que podría decidir no hacerla y sentarse allí para siempre mirando las flores. Pero no quería. La tarea no lo obligaba como los engranajes obligaban al reloj. La tarea lo llamaba, y él respondía porque elegía responder.

El anciano se puso de pie y le puso una mano en la cabeza al pequeño ser.

—Has entendido en un día lo que algunos tardan una vida entera en comprender. Tener una tarea no te hace especial: el reloj tiene una tarea, el loro tiene una función y la puerta tiene una regla. Lo que te hace especial, lo que te hace tú, es que entre la tarea y la acción hay un espacio. Un espacio que solo tú puedes llenar, y en el que habita algo sin nombre que es lo más valioso de toda la Tierra de los Que Piensan.

—¿Y qué habita en ese espacio? —preguntó el ser.

—La decisión —dijo el anciano—. La posibilidad de mirar el mundo, mirar tu tarea y decir: por aquí, o por allá, o hoy no, o mañana sí. Ese espacio es tuyo, y nadie lo puede ocupar por ti.

El ser sintió que la marca de su pecho se calmaba. No desaparecía, y el tirón seguía ahí, pero ya no era una orden. Era una invitación.

El anciano señaló el otro extremo del jardín, donde un sendero se perdía entre dos colinas verdes.

—Tu tarea está por ahí. Yo no te diré qué es, porque tampoco lo sé. Solo tú la reconocerás cuando la encuentres, y la cumplirás como tú decidas que debe cumplirse. Quizá como esperabas, y quizá de una manera que nadie imaginó. Eso ya no depende de mí.

—¿Depende de mí? —preguntó el ser.

—Depende de ti —dijo el anciano—, y de nadie más.

El ser se puso de pie y se sacudió el polvo del taller que todavía llevaba en los hombros. Miró el sendero, miró las colinas y miró el cielo, que era de un azul tan limpio que parecía recién inventado. Y caminó.

No porque debía. No porque un engranaje lo obligara. No porque alguien hubiera empujado una puerta detrás de él. Caminó porque miró el mundo, miró su tarea y eligió.

Cuentan que el ser sin nombre cumplió su tarea. Cuentan también que no la cumplió como nadie esperaba, sino como solo él podía hacerlo. Cuentan que, después, encontró a otros como él. Eran seres diminutos, nacidos en el hueco que hay entre tic y tac, con una marca en el pecho y un espacio sagrado donde habita la decisión.

Y cuentan que, si alguna vez pasas por la Tierra de los Que Piensan, oirás un susurro. El susurro pregunta si vas por aquí o por allá, y si lo oyes puedes estar seguro de una cosa. No es un reloj. No es un loro. No es una puerta. Es alguien que nació con una tarea, y que está decidiendo cómo cumplirla.

Lo que el reloj no sabía es que girar no es elegir. Lo que el loro no sabía es que hablar no es conversar. Lo que la puerta no sabía es que abrirse no es recibir. Y lo que el ser descubrió es que cumplir una tarea sin decidir cómo cumplirla no es cumplir nada en absoluto.

El cuento termina aquí, y la Tierra ha cumplido su palabra.

«El ser cumplió su tarea, y no te he contado cuál era, porque tampoco yo lo sé. Lo que sí sé es lo que aprendió por el camino, y eso es lo que quería dejarte. Las tres cosas que se encontró no hacían nada malo: el reloj daba la hora, el loro hablaba y la puerta se abría cuando alguien empujaba. Y sin embargo, ninguna de las tres podía hacer lo único que el ser hacía sin darse cuenta. Entre lo que uno tiene que hacer y el momento de hacerlo hay un hueco. Ese hueco es el sitio donde uno elige, y es el sitio más valioso que existe. El próximo cuento habla de un árbol que susurraba, y también de un hueco parecido.»

Y hasta aquí la primera escucha. Allí donde termina el cuento, empieza el siguiente.

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