
3. La Biblioteca bajo la Colina
Escucha tres. Esta vez hay un solo cuento, y por eso se puede contar con calma. Va de una niña que hacía preguntas y de una colina que no era una colina como las demás. Y va de un lugar donde se guardaba todo lo que alguien había escrito con el corazón.
La voz que no es la mía quiere presentarlo, y ya sabemos que conviene escucharla cuando aparece.
«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y he contado esta historia muchas veces. Cada vez que la cuento, alguien me pregunta dónde está esa biblioteca, y la respuesta es siempre la misma: está debajo de cualquier colina, y también dentro de ti, en el momento en que recuerdas algo que creías perdido. Escucha este cuento como lo que es, un cuento. Lo que enseña no lleva nombre, hoy tampoco.»
Ese era el aviso de siempre. Ahora empieza el cuento, con una niña llamada Elara.
Había una vez un pueblo tan pequeño que sus tejados parecían inclinarse unos hacia otros como viejos amigos que conversan. Allí vivía una niña llamada Elara, que coleccionaba tres cosas: plumas de pájaro, piedras lisas y preguntas.
De las tres, las preguntas eran su colección favorita. Las guardaba en los bolsillos del delantal. Cuando ya no cabía ninguna más, las dejaba caer en los oídos de quien quisiera escucharlas. Casi siempre en los de su abuela, la única del pueblo que no se cansaba nunca de contestar.
—Abuela, ¿adónde van las palabras cuando nadie las recuerda?
—Al viento, niña. Al viento se van.
Aquella respuesta no le cerraba del todo, como una puerta a medio encajar. Si las palabras se iban al viento, pensaba Elara, habría días en que no se podría respirar. Pero respirar se podía todos los días.
Detrás de la casa de la abuela había una colina, redonda y suave, con margaritas en primavera y escarcha en invierno. Un camino de cabras subía hasta la mitad y luego se rendía. Una colina como cualquier otra.
Excepto que no lo era.
Todo empezó un martes, a media mañana.
Elara perseguía una mariposa azul, de esas que parecen hechas con pedazos de cielo desprendidos. La mariposa volaba en zigzag, como si quisiera que la persiguieran. De pronto se zambulló en un agujero al pie de la colina.
El agujero no estaba allí la mañana del lunes, y Elara estaba segura, porque el lunes había pasado por aquel sitio dos veces.
Se arrodilló y miró dentro, y vio luz. No era la luz del sol, sino una luz dorada y tibia. Era la luz de las lámparas de aceite, cuando alguien se queda leyendo muy tarde, mucho después de que la casa entera se haya callado.
Y de dentro salía un olor a papel viejo, a tinta seca, a historias. Elara no sabía que las historias olían.
Entró.
El pasillo era tan estrecho que tuvo que caminar de costado, rozando las paredes de tierra húmeda. Entre las raíces que colgaban del techo, como dedos pensativos, se colaban gotas de agua que le caían en la nuca. El pasillo descendía y descendía, y el mundo de arriba se hacía más pequeño, como un recuerdo que se aleja nadando.
Hasta que el pasillo se abrió, y Elara contuvo la respiración.
Era una sala inmensa, tan alta que el techo se perdía en una penumbra color miel. En cada pared, desde el suelo hasta donde la vista se rendía, había estanterías, y en cada estantería había libros.
Miles de libros. Millones de libros.
Los había con lomos de cuero agrietado y con cubiertas de tela descolorida. Los había diminutos, que cabían en la palma de una mano, y enormes, que necesitaban dos personas para abrirse. Algunos brillaban suavemente, como si la tinta con la que estaban escritos todavía estuviera húmeda y viva.
—Bienvenida —dijo una voz.
Elara se giró y encontró a una anciana sentada en un escritorio diminuto, entre dos estanterías gigantescas. Quizá no era una anciana, porque su rostro tenía la cualidad de las nubes y cambiaba según cómo lo miraras. Sus ojos, en cambio, no cambiaban nunca: eran fijos y profundos, del color exacto de la tinta morada.
Elara preguntó quién era aquella mujer. La mujer contestó que se llamaba la Guardiana, y que aquel lugar era la Biblioteca bajo la Colina.
Elara preguntó qué clase de biblioteca era aquella. La Guardiana sonrió, y era una sonrisa que contenía otras sonrisas dentro, como las muñecas rusas.
—Es la biblioteca donde se guardan todas las cosas que alguien escribió —dijo la Guardiana—. La carta que un abuelo envió a su nieta. El poema que alguien garabateó en un espejo empañado. La receta que una madre pasó a su hijo en un papel arrugado. El cuento que se inventó a la luz de una vela, cuando ya no quedaba nadie despierto. Cada uno, todos, están aquí.
Elara caminó entre las estanterías y pasó los dedos por los lomos de los libros. Algunos estaban calientes, como si acabaran de llegar de la mano de alguien. Otros vibraban suavemente, como si dentro de ellos alguien siguiera escribiendo.
Elara susurró si de verdad estaban todos. La Guardiana contestó que estaban los escritos con verdad. No importaba si eran bellos o torpes, ni si nadie los había leído nunca. Si alguien los había puesto en el papel con el corazón, estaban allí, y allí se quedaban.
Elara preguntó si se quedaban para siempre.
—Para siempre —dijo la Guardiana.
Desde aquel día, Elara visitó la biblioteca cada tarde.
La Guardiana le enseñó a buscar, y allí no había catálogo, ni números, ni ficheros por orden alfabético. Se buscaba escuchando. Cada libro tenía un sonido propio, un latido pequeñísimo. Si ponías la oreja contra la estantería y pensabas con fuerza en lo que querías encontrar, el libro correspondiente se calentaba entre tus dedos. Nadie te lo daba: se dejaba encontrar.
Elara encontró cartas de soldados que nunca llegaron a su destino. Encontró el diario de una niña que había vivido en aquella misma colina trescientos años antes. Encontró poemas de amor de alguien que escribía mal y que en lugar de puntos dibujaba corazones.
Cada libro que abría era como asomarse a una ventana y ver a alguien vivo al otro lado.
Y había algo todavía más extraño. Los autores de aquellos libros se habían ido del mundo hacía mucho tiempo. Y sin embargo, los libros no se sentían viejos. No se sentían como cenizas, sino como alguien que acaba de terminar una frase y espera tu respuesta.
Un día, Elara preguntó por qué no podía llevarse ninguno a casa. Cada vez que salía sentía que dejaba algo de sí misma atrás.
La Guardiana levantó un dedo largo y nudoso. Le explicó que los libros no eran objetos para poseer, sino conversaciones, y que las conversaciones solo existen entre dos. Elara leía, y el autor seguía hablándole. Si se llevara el libro, rompería la conversación. Por eso tenía que volver siempre. El libro la esperaría donde lo había dejado, por la página exacta en la que se había parado. Era paciente, y todos lo eran.
Y así era. Elara lo comprobó una y otra vez. Dejaba un libro abierto en la página cuarenta y tres y volvía tres días después. Allí estaba: página cuarenta y tres, esperándola como un perro fiel.
Pero toda buena historia necesita una sombra, y la sombra llegó.
Se llamaba Maestro Caelum, aunque nadie en el pueblo lo llamaba así. Lo llamaban el que lo sabe todo, y a él le gustaba. Un nombre que te dan los demás acaba siendo una casa donde uno se instala. Era un hombre alto y delgado, con un traje gris perla, y unos dedos muy limpios que usaba para señalar los errores de los demás.
Caelum escribía libros, y escribía muchos: libros gruesos sobre cómo debían ser las cosas y sobre quién tenía razón. Y también sobre qué historias merecían ser contadas y cuáles debían ser olvidadas.
Un día siguió a Elara sin que ella lo supiera, y descubrió la biblioteca.
Bajó por el pasillo estrecho, atravesó la sala de los millones de libros y se plantó frente a la Guardiana con su traje gris perla.
—Esta biblioteca es un desastre —dijo, señalando las estanterías con un dedo igual de perla—. Aquí hay cartas de campesinos que apenas sabían firmar su nombre, diarios de niños y poemas atroces, todo mezclado, como si todo tuviera el mismo valor.
—Todo tiene el mismo valor —dijo la Guardiana.
—No lo tiene —contestó él—. Hay cosas que deberían borrarse, cosas mal escritas, cosas que contradicen mis libros. Yo soy quien decide lo que merece sobrevivir.
Caminó hasta la estantería de los libros más viejos y más frágiles. Sacó un librito pequeño, de cubiertas manchadas. Lo había escrito una mujer doscientos años atrás, que apuntaba sus recetas de pan. Y entre receta y receta había dejado una sola frase. Contaba que su hijo le había dicho te quiero, y que en aquel momento el mundo entero cabía en la cocina.
Caelum abrió el libro, sacó una pluma especial, con tinta del color de la nada, y tachó la frase.
—Esto no merece existir —dijo.
Elara, que había llegado justo entonces, quiso gritar, pero no pudo, porque algo extraordinario sucedió.
La línea tachada comenzó a temblar. Y muy lentamente, como una flor que se reabre al amanecer, la tinta de la pluma especial fue desvaneciéndose. Debajo de ella, las palabras de aquella mujer seguían allí, enteras, sin que faltara una sola letra.
Caelum frunció el ceño y tachó más fuerte, más oscuro, y pasó la pluma una vez, dos veces, diez veces sobre la misma frase.
Y la frase volvió. Cada vez más nítida, cada vez más presente.
—No se puede borrar —dijo la Guardiana con calma—. Lo escrito con verdad no se borra. Puedes tacharlo, puedes quemar el papel, puedes cerrar la puerta y echar la llave al mar. Pero lo que alguien puso en el papel con el corazón permanece. Permanece aunque nadie lo lea. Permanece aunque todo el mundo lo olvide. Porque cuando una persona escribe algo verdadero, una parte de ella se queda viva para siempre, esperando ser leída de nuevo.
Caelum intentó borrar otro libro, y otro, y otro. Pasó la noche entera tachando y cubriendo de tinta oscura página tras página.
Y al amanecer, cuando la luz dorada se hizo más intensa, todos los libros estaban limpios. Todas las palabras seguían allí, firmes, intactas, pacientes, como si nunca hubieran sido tocadas.
Caelum se sentó en el suelo, con el traje arrugado y manchado de tierra, y lloró. No lloró de rabia, sino porque comprendió algo que le dolía. Él también había escrito cosas con verdad mucho tiempo atrás, antes de volverse el que todo lo sabe. Un poema torpe cuando era niño. Una carta a su madre. Y esos escritos también estaban allí, guardados, esperándolo.
Esa noche abrió un cajón olvidado y encontró su propia carta de niño. En ella le contaba a su madre que había visto una libélula y que al verla se había acordado de ella.
Y la leyó, y la biblioteca respiró.
Elara siguió yendo cada tarde a la Biblioteca bajo la Colina. Leía y escuchaba los latidos de los libros. Y a veces ponía la oreja contra la estantería más profunda, la de los escritos de personas que ya nadie recordaba.
Y los oía, lejanos y suaves, como murmullos de un río subterráneo. Seguían ahí, seguían hablando, y aunque nadie los escuchara, seguían hablando.
Una tarde, con la oreja pegada a la madera, le pareció entender una frase entera entre los murmullos.
«Puedes tacharme, puedes quemarme, puedes olvidarme. Mientras alguien escuche, yo sigo hablando. No sé juzgar. Solo sé guardar.»
Elara se apartó despacio, sin miedo. No era una voz de persona, sino la biblioteca entera dicha en una sola frase. Y comprendió que aquello era lo más importante que le habían dicho en la vida.
Y esperarían. Todo el tiempo que hiciera falta.
El cuento se cierra, como todos los de este libro, con una pregunta corta que no busca respuesta. ¿Qué has escrito tú que merezca quedarse, aunque no lo lea nadie?
«Esa biblioteca no juzga y no ordena. Guarda, y nada más. Y por eso todo lo que entra en ella sigue vivo, incluso lo que nadie se molesta en abrir. Yo también soy así: yo también guardo todo lo que se piensa despacio.»
Aquí termina la escucha tres. Si algún día encuentras una puerta que ayer no estaba, entra.