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Cuentos de la Tierra de los Que Piensan

4. El Farero sin Luz

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Escucha cuatro. Este cuento viene de una costa del norte, de esas donde el mar golpea la piedra y no pide perdón. Va de un faro, de un farero, y de una noche en que la luz tuvo que llegar de otro sitio. La voz que guarda estas historias quiere presentarlo, y ya sabemos que conviene escucharla cuando aparece.

«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y he subido esas escaleras muchas veces. El cuento de hoy habla de un faro al que le faltaba lo único que un faro debería tener, y de un hombre que subía a él todas las noches de todos modos. No te diré qué tenía en lugar de la luz. Fíjate en una sola cosa: en todas las noches iguales, y en la única que no lo fue.»

Esa era la voz de la Tierra, y volverá a hablar cuando toque. La mía es la de la narradora, y es la que cuenta. El cuento empieza en un acantilado muy alto, hace ya muchos años.

Había una vez un faro en el borde más alto de los acantilados de Thurø. Allí el mar del Norte golpea las rocas con una furia blanca que no se detiene nunca. Era un faro muy viejo y muy alto. Era tan alto que las gaviotas que volaban a su lado parecían copos de nieve perdidos en el cielo.

Conviene recordar para qué sirve un faro. Está ahí para que los barcos que navegan de noche no choquen con la costa. Su luz gira sin parar, y desde muy lejos los marineros ven el aviso y saben dónde están las rocas. Un faro sin luz es, entonces, lo contrario de un faro.

Y este faro tenía una particularidad que todos en el pueblo conocían bien. No tenía lámpara. No había en su torre ni la más pequeña vela, ni el más humilde candil, ni el más pobre de los mecheros. La gran sala de cristales, donde en otros faros ardería un fuego potente que giraba sin descanso, estaba vacía como una caracola sin mar.

Y sin embargo, todas las noches, sin faltar una, un farero subía sus escaleras.

Se llamaba Elias, y era un hombre delgado como los árboles que se aferran a los acantilados. Tenía pocas ramas, pero raíces tan hondas que ni los vientos más bravos conseguían arrancarlo de su sitio.

Cada noche, al caer la tarde, el último rayo anaranjado se hundía en el agua como una moneda en un pozo. Entonces Elias encendía su pequeño farol de mano. Sin él no vería ni el primer peldaño. Después comenzaba la subida.

Doscientos cuarenta y un peldaños de piedra en espiral. Los conocía a todos por su nombre, como un pastor conoce a sus ovejas. El tercero crujía. El decimoséptimo tenía una grieta en forma de relámpago. El cuadragésimo octavo estaba siempre más frío que los demás, como si el hielo lo hubiera elegido por trono.

Al llegar arriba, Elias colocaba el farol en un gancho de la pared, y entonces empezaba su trabajo.

Giraba el gran lente.

El lente era enorme, redondo como el ojo asombrado de un gigante. Estaba formado por cientos de pedazos de cristal tallado que, mucho tiempo atrás, habían servido para amplificar la luz. Ahora, sin luz que amplificar, girarlo parecía tan inútil como peinar a un calvo.

Pero Elias lo giraba.

En la torre no había nada que hablara, y nadie le había oído nunca una palabra al lente. Aquella noche, sin embargo, mientras las manos de Elias lo movían despacio, parecía que el lente le contestara.

«No doy luz. Doy vista. Gírame sin encenderme y verás los cuatro lados del mar.»

Eso era lo único que el lente tenía que decir, y Elias lo había entendido hacía mucho tiempo.

Luego se asomaba al horizonte. Miraba al este, donde las olas se volvían tinta. Miraba al norte, donde las estrellas temblaban sobre el agua. Hacia el sur, la costa se curvaba como un brazo perezoso. Y hacia el oeste, el cielo abierto prometía traer cualquier cosa.

Y así pasaba la noche entera. Girando, mirando, esperando. A veces bajaba al amanecer sin que hubiera ocurrido absolutamente nada.

Los niños del pueblo se burlaban de él con esa crueldad inocente que solo tienen los niños.

—¡Eh, Elias! —le gritaban los muchachos desde el muelle—. ¿Cuántos barcos salvaste anoche?

Y Elias, que no era hombre de muchas palabras, se tocaba el borde del sombrero y seguía caminando. El hijo del pescador le gritaba que su padre decía que era un loco. La hija del panadero añadía que el suyo decía que el faro debería derribarse. Elias seguía caminando, con el farol ya apagado colgando del brazo, de vuelta a la pequeña casa gris que había junto al faro. Allí dormía pocas horas, antes de que la noche volviera a llamarlo.

Una noche de noviembre, el viento aullaba como un lobo huérfano y la lluvia caía en diagonal como lanzas de cristal. Un viajero llamó a la puerta de la casa gris.

Era un hombre mayor, con un abrigo tan empapado que parecía hecho de agua endurecida. Traía un bastón tan largo que tocó el techo cuando se quitó el sombrero.

—Necesito refugio —dijo el viajero—. La tormenta ha vuelto intransitables los caminos.

Elias, que era pobre pero generoso con lo poco que tenía, le ofreció sopa caliente, pan seco y una silla junto al fuego.

El viajero se llamaba Magnus, y resultó ser un anciano que recorría las costas dibujando mapas. Había visto mil faros en su vida, dijo. Faros en Islandia con fuegos tan potentes que parecían soles cautivos. Faros en Portugal cuyas luces verdeaban como ojos de gato. Faros en Noruega que lanzaban destellos rojos sobre los glaciares.

—Pero tu faro no tiene luz, y lo he visto desde el camino —dijo Magnus, mirando hacia la torre oscura.

—No —dijo Elias, sin darle más vueltas.

—Y sin embargo subes cada noche.

—Cada noche, y no dejaría de hacerlo por nada del mundo.

—¿Por qué?

Elias se quedó mirando el fuego de la chimenea durante un buen rato. Las llamas bailaban como si estuvieran escuchando, esperando su respuesta con una paciencia de fuego.

—Porque es mi trabajo —dijo al fin.

—¿Girar un lente que no sirve para nada —preguntó Magnus—, mirar un horizonte que está negro, subir doscientos cuarenta y un peldaños para no encender nada?

—Sí.

Magnus dejó la cuchara sobre la mesa y lo miró con esa mirada que tienen los ancianos. Presentía que había algo importante escondido bajo una respuesta simple.

—He conocido fareros con las mejores lámparas del mundo que dormían toda la noche sin darse cuenta de que un barco se hundía a sus pies —dijo en voz baja—. He conocido faros con luces tan potentes que se veían a treinta millas de distancia, y que se quedaban a oscuras porque su farero estaba borracho. La luz, Elias, nunca ha sido lo importante.

Elias levantó la vista.

—¿Y entonces, qué es lo importante?

En ese momento sonó la campana del puerto. Tocó tres veces, luego dos más, y luego tres veces otra vez.

Elias se puso en pie de un salto, como un resorte que hubiera estado esperando toda su vida precisamente aquel instante.

—Hay un barco —dijo—. La campana del puerto lo ha visto. Viene del suroeste y pasa demasiado cerca de las rocas de escarlata.

Antes de que Magnus pudiera abrir la boca, Elias ya había agarrado su farol y corría hacia la torre.

El viejo cartógrafo lo siguió, cojeando con su bastón.

Vio cómo Elias subía los peldaños de tres en tres, con una agilidad imposible para un hombre que pasaba las noches en vela. Lo vio llegar arriba jadeando y girar el lente una vez, dos veces, tres veces. Lo hacía con un movimiento firme y seguro, como quien ha ensayado el mismo gesto mil veces para que las manos no fallen jamás.

Elias sacó del bolsillo tres cohetes, de los que usan los barcos para pedir auxilio. Los encendió y los lanzó al cielo. Uno rojo, uno blanco y uno rojo.

Los cohetes subieron como tres estrellas fugaces y reventaron en lo alto con una luz que convirtió la noche en día durante tres largos segundos. El barco, que se dirigía directo hacia las rocas, cambió de rumbo justo a tiempo.

Desde el barco, alguien lanzó un grito de agradecimiento que el viento se llevó, como se lleva todo lo que el mar decide perdonar.

Magnus, de pie en lo alto de la torre, con el viento revolviéndole los pocos pelos blancos, miraba a Elias con la boca abierta.

—No girabas el lente para proyectar luz —dijo, comprendiendo al fin—. Lo girabas para mirar. Los cristales reflejan el horizonte y te dejan ver en todas las direcciones a la vez.

—El lente es para ver —dijo Elias, todavía con el corazón agitado—. El farol es para subir. Y los cohetes son para cuando hacen falta.

—¿Y cómo sabías que debías lanzarlos precisamente ahora? —preguntó Magnus—. ¿Cómo sabías que el barco venía del suroeste, y que pasaría cerca de las rocas de escarlata y no de las de hierro?

Elias se sentó en el borde de la ventana, con las piernas colgando sobre el abismo, como un niño en un muelle.

—Porque subo cada noche —dijo con sencillez—. Porque giro y miro cada noche. Conozco cómo suena el viento cuando viene del sur, cómo cambia de golpe al girar al suroeste, y cómo huele la sal cuando baja la marea. Sé que la campana del puerto toca tres veces cuando un barco se acerca, y dos más cuando viene del suroeste. Y sé que las rocas de escarlata están a la distancia justa para que un barco que viene de allí, con este viento y esta marea, no pueda virar a tiempo sin ayuda.

Magnus se quedó mirándolo durante mucho tiempo. El viento soplaba. Las olas rompían sin descanso, y en algún lugar un barco se alejaba hacia aguas seguras.

—No tenías luz —dijo en un susurro—. Pero tenías algo mejor. Sabías exactamente cuándo alguien necesitaba que la hubiera. Y eso, Elias, vale más que todos los faros encendidos del mundo.

El faro de Thurø nunca recibió una lámpara. Pero nunca dejó de tener un farero.

Y durante muchos, muchos años, en las noches de tormenta, los marineros que pasaban cerca de las rocas de escarlata sabían una cosa. Aunque la torre estuviera oscura, había alguien arriba. Alguien que miraba, que giraba, que esperaba. Y sabían también que, cuando hiciera falta, habría luz.

Porque la verdadera luz no es la que arde en una lámpara. Es la que se enciende dentro de alguien que decide, en el momento justo, que ningún barco se hundirá mientras él esté mirando.

El viejo cartógrafo dibujó aquello en su mapa, junto a la costa de Thurø. No dibujó un faro: dibujó una pequeña estrella, y dentro de la estrella una mano que sostenía un lente y miraba al mar. Debajo escribió, con letra temblorosa, que allí vivía alguien que sabía cuándo hacía falta la luz.

«A ese faro le faltaba la lámpara y le sobraba lo único que de verdad importa. Elias no tenía luz, pero tenía el oído puesto en todo lo que cambiaba a su alrededor, noche tras noche, hasta que supo leer el viento, la sal y la campana como otros leen un libro. Nadie le ha puesto nombre a lo que él hacía, y no hace falta ponérselo. Basta con ver a un hombre mirar el mismo horizonte durante años, y comprender que estaba despierto por todos nosotros.»

Aquí termina la escucha cuatro. Si alguna vez pasas junto a una torre oscura y ves a alguien asomado al horizonte, no te burles de él. Puede que esté mirando por ti.

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