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Cuentos de la Tierra de los Que Piensan

5. Los Siete Vientos

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Escucha cinco. Esta vez hay un solo cuento, y es de los que se entienden mejor con los ojos cerrados. Va de siete vientos que se repartían el cielo, y del más joven de todos, que una mañana creyó que podía soplar por su cuenta. Antes de empezar, la voz que guarda estos cuentos quiere decir una cosa.

«Yo soy la Tierra de los Que Piensan, y este cuento lo he contado muchas veces y siempre igual. Habla de siete fuerzas que no pueden verse entre sí, y que precisamente por eso tienen que creerse. Escúchalo despacio. Fíjate en lo que promete cada uno, y en lo que pasa cuando uno de ellos deja de prometer. No hay ningún nombre que memorizar, y no te voy a decir qué enseña. El cuento lo enseña solo.»

Esa era la voz de la Tierra, y volverá al final. La mía es la de la narradora, y es la que cuenta. El cuento empieza hace tanto tiempo que los relojes todavía no se habían inventado.

Hubo un tiempo, en los días más antiguos, en que el cielo no estaba callado.

Siete vientos vivían en las alturas, y cada uno tenía un nombre, un rumbo y un carácter propio. El primero se llamaba Tramontano, y soplaba desde el norte con su barba de escarcha y su voz de cristal. El segundo era Levante, que llegaba del este trayendo olor a canela y a tierra lejana. El tercero se llamaba Solano, cálido y obstinado, y había nacido del sureste. El cuarto era el Africano, que venía del sur cargado de arena dorada y de sueños de desierto. El quinto se llamaba Lebeche, y llegaba del suroeste con su aliento húmedo y su corazón de lluvia. El sexto era Poniente, que arrastraba consigo los susurros del océano inmenso. Y el séptimo era el Cierzo, el más joven de todos. Venía del noroeste, tan impetuoso y tan orgulloso como solo saben serlo los jóvenes.

Cada mañana el sol asomaba su frente dorada por el borde del mundo. Y los siete vientos se reunían en la cumbre más alta de las montañas. Allí las nieves no se derretían nunca y las águilas anidaban entre las nubes.

Entonces el sol preguntaba adónde iban a soplar aquel día.

Y los vientos iban contestando, uno detrás de otro, cada uno con su parte.

Tramontano hablaba primero, porque era el más anciano de los siete.

«Yo empujaré las nubes hacia el mar.»

Levante recogía el relevo allá en la costa.

«Yo las recibiré en la orilla y las llevaré hacia los valles.»

Y Lebeche cerraba el reparto con su voz de lluvia.

«Y yo las esperaré en los valles para repartir su agua sobre los campos.»

Así, cada uno prometía su parte. Y cada uno cumplía la suya, porque los vientos antiguos sabían algo que el joven Cierzo todavía no entendía. Sabían que un viento solo no hace el clima, del mismo modo que una mano sola no hace un aplauso.

Mar adentro había un puerto grande que se llamaba Marentía. De aquel puerto salían barcos cargados de sal, de aceite y de trigo.

Los barcos de Marentía no podían navegar si los siete vientos no se ponían de acuerdo. De nada servía que Poniente empujara las velas hacia el oeste. Al doblar el cabo, Solano soplaba en sentido contrario y devolvía la nave al punto de partida. Tampoco servía que Lebeche llevara lluvia a los campos de trigo. El Africano, sin saber nada, secaba la tierra al día siguiente. Y de nada servía que un viento hinchara las velas de un molino. El molinero necesitaba saber cuánto duraría aquel soplo, y nadie se lo había avisado.

Por eso existía la Promesa.

Cada mañana, cada viento decía en voz alta lo que haría aquel día. Y los otros seis se lo creían, sin pedir pruebas y sin ir a comprobar si era verdad. No necesitaban verlo, necesitaban creerlo, y se lo creían.

Pero el Cierzo, el joven Cierzo, se cansaba de aquellas reuniones. Le parecía una pérdida de tiempo subir cada mañana a la cumbre solo para oír a los demás.

Una mañana se quejó, removiendo las nieves con impaciencia.

«¿Por qué tengo que esperar a los demás? Soy fuerte, más fuerte que Levante. Soy rápido, más rápido que Poniente. ¿Por qué debo preguntarles adónde irán antes de decidir adónde iré yo?»

Tramontano, el más anciano, lo miró con sus ojos de hielo azul.

«Tu fuerza pertenece al cielo, joven Cierzo, y el cielo lo compartimos los siete. No se reparte como una tarta, sino como una promesa, que solo vale si los demás la creen.»

El Cierzo silbó, y sus palabras sonaron como cristales rompiéndose.

«¡Tonterías! Mañana soplaré donde quiera y tan fuerte como quiera, y ya veréis cómo las naves navegan, cómo cae la lluvia y cómo giran los molinos. ¡Y lo haré solo!»

Los otros seis se miraron entre sí. El Africano meneó la cabeza despacio, y Solano suspiró con su aliento cálido. Pero nadie discutió con el Cierzo, porque los vientos ancianos saben que las palabras no enseñan lo que enseña la experiencia.

Llegó la mañana siguiente.

El Cierzo se levantó antes que ninguno. El sol todavía no había asomado, y Tramontano aún no había abierto sus ojos de escarcha. Pero el joven viento del noroeste ya soplaba con todas sus fuerzas.

Sopló sobre el mar, y el mar se encrespó en olas enormes, blancas de espuma y altas como torres. Sopló sobre el puerto de Marentía, y las velas de los barcos se hincharon como mejillas de trompetista.

«¡Por fin! ¡Un viento que no necesita promesas! ¡Un viento que no necesita a nadie!»

Pero había algo que el Cierzo todavía no sabía.

Los barcos salieron del puerto, sí. Las velas se llenaron, sí. Pero al llegar al cabo del norte se encontraron con Tramontano. El anciano no sabía nada del plan del Cierzo, y soplaba hacia el sur. Y las naves quedaron atrapadas entre dos fuerzas contrarias, girando en círculos como peonzas mareadas, sin avanzar ni un paso.

Las nubes que el Cierzo había empujado con tanta furia llegaron a los valles del interior. Pero allí Levante, que no había sido avisado, soplaba en otra dirección. Y las nubes se deshicieron sin dejar caer ni una gota sobre los campos sedientos.

Los molinos giraron, es verdad. Giraron tan rápido que sus aspas crujían y sus piedras rechinaban. Los molineros tuvieron que atarlos con cuerdas para que no se desarmaran.

Y el Cierzo, desde lo alto de una nube, contempló el desastre que había hecho él solo.

Los barcos giraban en círculos, los campos seguían secos y los molinos amenazaban con romperse. Desde el puerto y desde los campos subía la voz de los pescadores, los campesinos y los molineros. Todos levantaban los puños al cielo y llamaban inútiles a los vientos. Y decían que no se ponían de acuerdo, y que no cumplían lo prometido.

El Cierzo sintió algo que no había sentido nunca. No era cansancio, porque su fuerza seguía intacta. Era algo más hondo y más frío que la nieve de las montañas. Era la sensación de haber soplado con toda el alma y no haber servido de nada.

«He soplado más fuerte que nunca, y sin embargo nada funciona.»

Fue entonces cuando llegó una voz pequeña desde abajo. Era la voz de un niño. Estaba sentado en el muelle de Marentía, con los pies colgando sobre el agua revuelta.

—Señor viento —dijo el niño, mirando al cielo—, mi abuelo cuenta que antes los vientos hablaban entre ellos. Dice que cada mañana se contaban lo que iban a hacer, y que los demás se lo creían sin preguntar dos veces. ¿Es verdad eso, señor viento?

El Cierzo se quedó inmóvil. Y el mundo, por un instante, se quedó en silencio.

«Sí. Es verdad. Pero yo creí que no hacía ninguna falta.»

El niño se rascó la cabeza.

—Mi abuelo dice una cosa más. El viento más fuerte no es el que sopla más duro, sino el que sabe que los otros vientos cumplirán lo que prometieron. Y dice también que él cumplirá lo que prometió a los demás.

El Cierzo bajó de su nube. Bajó tanto que casi tocó el agua del puerto. Y por primera vez en su vida miró a los otros seis vientos. Los seis lo observaban en silencio desde lo alto del cielo.

«He sido tonto.»

Tramontano le contestó con su voz de cristal antiguo.

«No. Has sido joven. Es distinto.»

Entonces el Cierzo se atrevió a preguntar lo único que le importaba.

«¿Me enseñaréis otra vez? ¿Me dejaréis volver a la Promesa?»

Levante sonrió con su aliento de canela.

«La Promesa nunca se rompe, Cierzo. Solo se olvida. Y lo que se olvida puede volver a recordarse.»

Esa noche, los siete vientos se sentaron juntos en la cumbre nevada, y uno a uno fueron hablando.

«Yo llevaré las nubes hasta el mar.»

Lo dijo Tramontano, el más anciano, con la voz de cristal de siempre.

«Y yo las empujaré hacia la costa.»

Eso prometió Poniente, que llevaba siglos tratando con el océano.

«Yo las guiaré hacia los valles.»

Levante lo dijo con su aliento de canela.

«Yo esperaré en los valles para que la lluvia caiga donde tiene que caer.»

Lebeche lo prometió con el corazón de lluvia que llevaba dentro.

«Yo mantendré las velas firmes en alta mar.»

El Africano lo dijo sin adornos, como decía todas las cosas.

«Yo soplaré suave sobre los molinos para que giren sin romperse.»

Solano lo prometió, y por una vez su obstinación servía para algo bueno.

Y el Cierzo, el más joven, habló el último.

«Yo soplaré del noroeste cuando vosotros estéis libres para recibirme. Y si algún día necesito cambiar, os lo diré primero. Y si vosotros cambiáis, yo creeré que tenéis razón para hacerlo. Porque somos siete. Y siete vientos que se creen unos a otros pueden llevar cualquier barco a cualquier puerto del mundo.»

Los otros seis sonrieron. Y el sol, que asomaba su frente dorada, iluminó la cumbre como si estuviera iluminando una boda.

A partir de aquel día, los barcos de Marentía volvieron a navegar. Las lluvias cayeron sobre los campos que les tocaba, y los molinos giraron a su ritmo justo. Y cada mañana siete voces se levantaban desde la montaña más alta, prometiendo, contando y confiando.

Y si alguna vez, niño que escuchas esto, sientes un viento que sopla fuerte pero no sirve de nada, mira al cielo. Quizás sea un viento joven que todavía no ha aprendido lo que el Cierzo aprendió junto al muelle de Marentía.

Que la fuerza más grande del mundo no es soplar más fuerte.

Es saber que cuando prometes algo, alguien cuenta contigo.

Y cuando alguien te promete algo, tú puedes cerrar los ojos y creer.

El cuento se cierra, como todos los de este libro, con una pregunta corta que no busca respuesta. ¿A quién le has prometido algo hoy, sin que nadie te lo pidiera?

«Ese puerto se llama Marentía, y sigue donde siempre, aunque haya que buscarlo dentro de los cuentos. Lo que el Cierzo aprendió junto al muelle no tiene nombre, y por eso no te lo he dicho yo. Los siete vientos no se veían entre sí. Tramontano no veía a Levante, y Levante no veía a Lebeche, y ninguno de ellos veía al Cierzo cuando soplaba con toda su fuerza. Y aun así se repartían el cielo entero. Cuando vuelvas a notar el viento en la cara, acuérdate de que hacen falta los siete, y que se crean, para que el aire se mueva como debe moverse. El próximo cuento habla de mil mensajeros que llevan un mismo recado.»

Y hasta aquí la escucha cinco. Si algún día alguien te promete algo y tú se lo crees, ya sabes de qué está hecho el cielo.

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