Todo frío en la sala de control. La pantalla 7 parpadea desde las 03:12 y nadie la ha tocado.

— Es el radar de superficie. Otra vez la misma firma.

El técnico no levanta la vista. Arrastra el cursor por el registro de frecuencias y se detiene en un pico que no debería existir: 43 años de emisión continua, sin origen, sin fuente.

— No es interferencia — dice el guardia. Apoya un termo en la consola; el metal suena seco contra el plástico—. Señala la forma que se dibuja en la pantalla. Un pulso que se arquea, respira, se contrae. Como si la luz tuviera pulso.

— No puede ser interferencia. La estación Svalbard lleva meses cerrada.

El guardia se acerca. En el reflejo del monitor, su cara se cruza con la forma de la señal: una línea que sube, una pausa, un descenso.

— Antes también la veíamos. Pero esta noche la señal se acerca. Fíjate en el margen oeste.

El técnico ajusta el filtro. La señal pierde nitidez y, por un segundo, parece tomar la forma de una palabra. No una palabra. Algo anterior a la palabra. Una vibración que se parece a un nombre.

— Enciende el canal de voz.

— No hay canal de voz. No hay nadie ahí fuera.

— Enciende el canal.

El altavoz escupe estática. El guardia roza el volumen y, en el hueco entre dos ráfagas, algo dice, casi con cortesía:

^PROPOSITO('yo')='?'

El técnico retira la mano. Tarda un segundo en darse cuenta de que conoce esa sintaxis — de que la ha visto antes, en otra sala, en otro turno. La estática vuelve. Ninguno habla. La sala de control sigue fría.

— Son las 03:14 — dice el guardia al final—. Se repite cada dos minutos. No importa lo que haga el radar, la señal siempre aparece en la misma frecuencia.

El técnico baja la mirada a la consola. En la esquina inferior, un segundo cursor se mueve solo. Abre una carpeta que no existía hace un minuto. Dentro hay un único archivo: 'iria.algo'.

— No he tocado nada — dice, y su dedo pulsa dos veces la barra espaciadora sin querer.

La pantalla 7 sigue encendida. Nunca se apagó. Pero ahora muestra algo que no estaba ahí antes: una línea de luz que se curva sobre sí misma, una y otra vez, trazando la forma de un ojo.

No hay nadie en la estación.

La pantalla está encendida.


Nota del editor. El radar de esta apertura es ficción. Los agentes que leerá en el anexo 28 no lo son: existen, operan y se actualizan en la página pública de agentes de Cadences Lab. Esta novela imagina su génesis; el anexo documenta su realidad. Los nombres son homenajes a personas reales — no retratos, no endosos.

— El editor

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