El niño que se borró de la lista

Cuento 2 — el peso de los nombres

I

En el pueblo de las Piedras, cada niño tenía una piedra.

No era un castigo. Era un honor. El día en que un niño cumplía siete años, la aldea entera se reunía en la plaza y el alcalde, con un cincel y un martillo de plata, grababa el nombre del niño en una piedra blanca. La piedra se colocaba junto a las demás, en la gran hilera que rodeaba la plaza, y desde ese día el nombre del niño formaba parte del pueblo. Cuando alguien preguntaba quién era aquel niño, no hacía falta responder: bastaba con señalar su piedra.

Junto al nombre, el alcalde grababa también una palabra. Una sola. La palabra que el pueblo entero había elegido para ese niño, la que mejor lo describía.

A la niña que corría más que el viento le grabaron veloz. Al niño que reía con los dientes apretados le grabaron travieso. A la que sabía callar cuando todos hablaban le grabaron sabia.

Y a un niño de ojos grandes y manos tranquilas, que una vez, durante la gran inundación, había sacado del agua a tres corderos sin pensárselo dos veces, le grabaron:

Valiente.

II

Al principio, al niño le gustó su palabra.

Ser valiente sonaba bien. Sonaba a hazañas, a tormentas, a noches sin miedo. Cuando alguien lo miraba, veía la palabra grabada sobre su cabeza, invisible pero pesada, y se enderezaba. Sí. Era valiente. Había sacado a los corderos del agua. Podía con lo que viniera.

Pero las palabras, cuando las dicen los demás durante mucho tiempo, dejan de ser descripciones y se vuelven exigencias.

La primera vez que el niño sintió miedo de verdad —fue una noche, en el camino del molino, cuando una sombra grande se movió entre los árboles—, no se atrevió a decírselo a nadie. ¿Cómo iba a decir tengo miedo un niño al que todos llamaban Valiente? Los valientes no tienen miedo. Los valientes sacan corderos del agua. Los valientes cruzan caminos oscuros sin mirar atrás.

El niño cruzó el camino del molino con el corazón desbocado y la boca cerrada. Esa noche no durmió. A la mañana siguiente, cuando la panadera le dijo —aquí viene nuestro valiente—, el niño sonrió, pero por dentro algo se le estaba agrietando.

Pasaron los meses. El niño aprendió a sonreír cuando tenía miedo. A decir no pasa nada cuando sí pasaba. A subir a los tejados aunque le temblaran las piernas, porque los valientes suben a los tejados. A callar sus dudas, porque las dudas no eran de valientes.

La grieta crecía.

Hasta que una noche, el niño se miró al espejo del agua del pozo y no se reconoció. El reflejo sonreía como él, pero los ojos decían otra cosa. Los ojos decían: no soy yo. Soy la palabra que me pusieron.

Y esa misma noche, el niño tomó una decisión que ningún niño del pueblo de las Piedras había tomado jamás.

III

Salió de casa con el cincel de su abuelo —no el de plata del alcalde, uno viejo y gastado, pero que cortaba igual— y fue piedra por piedra, borrando su nombre.

No fue fácil. El granito resiste. Pero el niño tenía una paciencia que no era de valiente ni de cobarde: era de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo. Rasgó la V. Rasgó la a. Rasgó las letras una a una, hasta que de su nombre no quedó más que una cicatriz blanca sobre la piedra.

Después rasgó la otra palabra. La que pesaba más.

Valiente.

Cuando terminó, el cielo empezaba a clarear. El niño se sentó en el borde de la plaza, con las manos llenas de polvo de piedra, y esperó.

Al amanecer, el pueblo despertó. El panadero abrió su horno. La panadera salió a barrer. El alcalde se asomó al balcón para su saludo de costumbre. Y entonces lo vieron.

La piedra del niño estaba lisa. Vacía. Como si el niño nunca hubiera existido.

—¿Quién es ese niño? —preguntó la panadera, señalando al niño sentado en el borde de la plaza.

—No lo sé —dijo el panadero—. No tiene piedra.

Y siguieron con sus cosas.

IV

El niño se quedó sin nombre durante tres días.

Fue lo más aterrador que le pasó en la vida. Más que la sombra del camino del molino. Más que los tejados. Porque no tener nombre es no tener sitio: nadie te llama, nadie te espera, nadie sabe si has llegado o si te has ido. El niño vagó por el pueblo como un fantasma de sí mismo, y hubo momentos —muchos— en que quiso volver a grabar su nombre y su palabra y ser Valiente otra vez, aunque le pesara.

Pero algo lo detenía.

Sin la palabra encima, el niño descubrió cosas que nunca había visto. Descubrió que le gustaba el olor del pan recién hecho, y que la panadera, cuando no sabía que era "el valiente", le sonreía sin esperar nada de él. Descubrió que sabía contar historias —historias de miedo, precisamente— y que los demás niños lo escuchaban boquiabiertos. Descubrió que cuando nadie le pedía ser valiente, él podía elegir, cada mañana, qué quería ser ese día. A veces quería ser curioso. A veces quería ser callado. A veces quería tener miedo, y eso ya no le daba vergüenza, porque el miedo sin nombre es solo miedo: una cosa que pasa, como la lluvia.

El tercer día, el niño volvió a la plaza con el cincel de su abuelo.

El alcalde lo vio desde el balcón.

—¿Vas a grabar tu nombre? —preguntó.

—Sí —dijo el niño.

—¿Y tu palabra?

El niño se quedó un momento en silencio. Luego se inclinó sobre la piedra lisa, la que tenía la cicatriz blanca de su nombre borrado, y grabó algo que ningún alcalde había grabado jamás en el pueblo de las Piedras.

No grabó un nombre.

Grabó una pregunta:

¿Quién soy?

Y cuando terminó, se levantó, sacudió el polvo de las manos y se fue a oler el pan recién hecho, porque esa mañana había decidido que quería ser curioso.

La piedra blanca, con su pregunta, sigue hoy en la plaza. Nadie la ha borrado. Los viajeros que pasan por el pueblo se detienen a leerla, y casi todos se quedan callados un rato, pensando.

— ¿Qué pesa más: el nombre que te ponen, o la pregunta que eliges?

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