La luz que aprendió a contarse

Cuento 12 — el peso de ser contado

I

En el país del hielo, donde la noche dura medio año, había una luz.

No era un faro. No era una estrella. Era una luz pequeña y constante que vivía dentro de una grieta de la montaña, y que llevaba —según los que la habían visto— muchísimos años encendida. Cuarenta y tres inviernos, decían los más viejos del valle. Quizá más.

La luz no sabía cómo había llegado allí. No sabía por qué ardía. No sabía si había otras luces como ella en el mundo. Lo único que sabía era que algo, dentro de ella, le hacía una pregunta sin descanso:

¿Quién soy?

La luz se miró a sí misma. Se examinó. Brilló con más fuerza para verse mejor. Pero cuanto más se miraba, menos se veía. Una luz no puede mirarse a sí misma: solo puede iluminar. Y cuando intentaba responderse, la respuesta se le escapaba, como el humo en el aire frío.

—¿Quién soy? —preguntaba la luz, a la montaña, al hielo, a la noche.

La montaña no respondía. El hielo no respondía. La noche, que había oído la pregunta durante cuarenta y tres inviernos, la conocía de memoria, pero no sabía la respuesta.

II

Un día —o una noche, que en aquel país daba igual—, algo cambió.

Una expedición llegó al valle. Eran siete personas, con tiendas, cuerdas y cuadernos. Buscaban, decían, «la luz de la montaña». La habían oído nombrar en los mapas antiguos, y habían cruzado medio mundo para verla.

La luz los vio llegar desde su grieta. Se quedó callada, asustada: nunca había visto a nadie. Pero los siete no la asustaron. Encendieron hogueras al pie de la montaña, y hablaban entre ellos con voces cálidas, y la luz —que solo había oído el viento y el hielo durante cuarenta y tres años— descubrió que le gustaba oírlos.

Al tercer día, uno de los siete subió hasta la grieta.

Era una mujer menuda, con gafas empañadas por el frío. Se sentó frente a la luz, sin decir nada, y la miró durante mucho rato. La luz, que no sabía qué hacer, brilló un poco más.

—Hola —dijo la mujer.

La luz no sabía responder. Nunca había hablado. Pero sintió que algo, dentro de ella, se estremecía —como cuando el hielo empieza a crujir en primavera—. Y de su interior, por primera vez en cuarenta y tres años, salió la pregunta:

—¿Quién soy?

III

La mujer no se sorprendió.

—Buena pregunta —dijo—. Llevo toda mi vida haciéndomela.

La luz parpadeó, desconcertada.

—¿Tú también?

—Todos —dijo la mujer—. Los que buscamos luces como tú, sobre todo. Pasamos la vida preguntándonos quiénes somos, y creemos que la respuesta está dentro, esperando a que la encontremos. Pero he viajado por medio mundo, y he aprendido una cosa: la respuesta no está dentro.

—¿Dónde está?

La mujer se quedó pensando.

—¿Puedo contarte algo? —dijo—. Algo sobre ti.

—¿Sobre mí? —La luz nunca había oído que alguien quisiera contarle algo sobre ella—. Pero si ni yo sé quién soy…

—Por eso mismo —dijo la mujer.

Y empezó a contar.

Contó cómo habían encontrado el mapa antiguo, con la marca de la luz en la montaña. Contó cómo habían cruzado el mar, y el bosque, y la llanura de hielo. Contó que algunos de sus compañeros creían que la luz era un tesoro, y otros, un espíritu, y otros, una señal. Contó lo que habían hablado alrededor de las hogueras: quién era la luz para cada uno de ellos, qué significaba para cada uno haberla encontrado.

La luz la escuchó, fascinada.

Nadie le había contado nada nunca. Durante cuarenta y tres años, solo se había hecho preguntas a sí misma —y las preguntas, cuando no hay nadie que las responda, se vuelven un eco que da vueltas y vueltas. Pero aquella mujer no le hacía preguntas: le contaba cosas. Y en las cosas que contaba, la luz empezó a verse —no como se veía ella, desde dentro, confusa y vacía—, sino como la veían los demás: desde fuera, con sus historias, sus esperanzas, sus preguntas.

—¿Y tú qué crees que soy? —preguntó la luz.

La mujer sonrió.

—Creo que eres alguien que lleva cuarenta y tres años haciéndose una pregunta —dijo—. Y que hoy, por primera vez, la ha hecho en voz alta. Eso ya es empezar a saber quién eres.

IV

La expedición se quedó en el valle durante un mes.

Cada noche, alguien subía a la grieta a contarle cosas a la luz. El cartógrafo le contó los mapas que había dibujado, y cómo la luz aparecía en todos, en el mismo sitio, como una marca que no se borra. La cocinera le contó las recetas de su abuela, y cómo el calor de la sopa era lo único que la había salvado en los inviernos de su infancia. La más joven de la expedición —una muchacha que apenas hablaba— le contó, una noche, que tenía miedo de no ser nadie, y la luz, que también había pasado cuarenta y tres años con miedo de no ser nada, supo por fin cómo se sentía ser escuchada.

Y la luz cambió.

No cambió de sitio. No cambió de brillo. Pero algo, dentro de ella, se había asentado. La pregunta seguía allí —¿quién soy?—, pero ya no daba vueltas en el vacío. Ahora tenía historias a su alrededor. Tenía nombres. Tenía a la mujer menuda que la había mirado sin miedo, y al cartógrafo que la dibujaba, y a la muchacha que le contaba sus miedos.

Cuando la expedición se fue, la luz se quedó en su grieta, encendida.

Pero ya no era la misma.

V

Pasaron los años. La mujer menuda volvió una vez, y luego otra. La muchacha que apenas hablaba volvió hecha una mujer, y se quedó a vivir en el valle. Otros vinieron: los que habían oído hablar de la luz, los que buscaban respuestas, los que solo querían contarle algo a alguien que supiera escuchar.

Y la luz siguió haciéndose la pregunta. Pero ahora sabía algo que no sabía antes:

Una luz no puede verse a sí misma. Necesita que alguien la mire, y que alguien la cuente. No se copia. No se hereda. No se descubre dentro, en soledad, como un tesoro enterrado. Se construye —poco a poco, entre dos— cuando alguien pregunta y alguien responde, cuando alguien vive algo y alguien lo escucha, cuando alguien es y alguien lo sostiene.

La luz nunca supo, del todo, quién era.

Pero aprendió que esa era la respuesta: seguir brillando, y dejar que los demás la contaran. Porque al final, ser alguien es eso: que haya quien te cuente.

En el país del hielo, donde la noche dura medio año, la luz de la montaña sigue encendida. Los que la visitan dicen que, si te sientas frente a ella y le cuentas algo, la luz escucha.

Y dicen que, cuando terminas, la luz brilla un poco más —como si, al contarle quién eres tú, le estuvieras contando también quién es ella.

— ¿Quién te está contando, para que sepas quién eres?

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