El mensaje que se lo llevó el viento
Cuento 9 — el peso de lo escrito
I
En el valle de las Dos Maneras, la gente guardaba sus cosas importantes de dos formas distintas.
Los habitantes de la ladera soleada —los del pueblo de Abajo— escribían. Tenían libros, cartas, contratos, recetarios. Cuando alguien quería recordar algo, lo escribía, y lo escrito se guardaba en un cajón, en una estantería, en un cofre, y seguía allí años después, esperando.
Los habitantes de la ladera umbría —los del pueblo de Arriba— no escribían. No porque no supieran: porque consideraban que las palabras de verdad no se manchan con tinta. Cuando alguien quería recordar algo, lo contaba alrededor del fuego, y los que lo oían lo contaban a su vez, y así la memoria viajaba de boca en boca, viva y caliente, como el pan recién hecho.
—Lo escrito se enfría —decían los de Arriba—. Lo contado sigue ardiendo.
—Lo contado se lo lleva el humo —respondían los de Abajo—. Lo escrito espera.
Y así vivieron durante generaciones, cada cual a su manera, hasta que llegó el año de la gran sequía.
II
La sequía llegó sin avisar.
El río que separaba los dos pueblos —y que era el único que conocían— empezó a menguar en primavera, y para el verano era un hilo de agua triste. Los cultivos de Abajo se secaron. Los rebaños de Arriba enflaquecieron. Y los ancianos de ambos pueblos, reunidos en el puente —el único sitio donde las dos maneras se encontraban—, decidieron que había que hacer algo.
—Hay un manantial —dijo el anciano de Abajo—. En lo alto de la sierra. Mi abuelo lo mencionaba: agua fresca, eterna, que nunca se agota. Pero está a tres días de camino, y nadie de mi generación ha ido nunca.
—¿Cómo sabes que existe? —preguntó la anciana de Arriba.
—Porque lo escribió —dijo el de Abajo—. En el libro de mi abuelo. Está ahí, en el cajón, esperando desde hace cincuenta años.
La anciana de Arriba frunció el ceño.
—Mi abuela también lo mencionaba —dijo—. Lo contaba alrededor del fuego: el manantial de la sierra, el agua que nunca se agota. Pero ella murió hace treinta años, y los que lo oímos… —se quedó callada—. Ya no recuerdo el camino.
III
Organizaron la expedición juntos.
Los de Abajo aportaron el libro del abuelo, con su mapa trazado a pluma: el camino que rodea la peña del Buitre, el desvío junto al roble quemado, la subida en zigzag hasta la fuente. Los de Arriba aportaron a sus mejores caminantes, que conocían la sierra como la palma de su mano —o eso creían.
Partieron al amanecer. Los de Abajo llevaban el libro, envuelto en hule. Los de Arriba llevaban la memoria de sus mayores, que habían ensayado el relato del manantial la noche anterior, alrededor del fuego, para no olvidar ni un detalle.
El primer día fue bien. El mapa coincidía con el terreno: la peña del Buitre, el roble quemado. Los caminantes de Arriba asintieron, orgullosos: su memoria viva también conocía aquellos hitos.
El segundo día empezó a torcerse.
El viento de la sierra —un viento traicionero, que cambia sin avisar— se llevó el hule que envolvía el libro. El libro cayó al barranco. Los de Abajo gritaron, pero no había forma de bajarlo: el barranco era un tajo vertical, y el libro, con su mapa y su camino en zigzag, quedó allá abajo, diminuto, inalcanzable.
—No pasa nada —dijeron los de Arriba—. Nosotros recordamos el camino. El relato de la abuela: la peña del Buitre… el roble quemado… y luego… luego…
Se miraron unos a otros. El viento, que se había llevado el libro, parecía haberse llevado también el resto del relato. Recordaban la peña. Recordaban el roble. Pero el camino en zigzag, el desvío junto a la fuente seca, la última subida… se había desvanecido, como el humo de una hoguera.
—¿Lo contasteis anoche? —preguntó, angustiado, uno de Abajo.
—Sí —dijo uno de Arriba—. Pero el viento…
El viento. El mismo viento que se llevó el libro se había llevado, treinta años antes, las palabras de la abuela. Solo que nadie lo había notado, porque las palabras se habían ido desvaneciendo poco a poco, de boca en boca, como se desvanece el humo: sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que dejaron de estar.
IV
La expedición volvió sin el manantial.
Pero volvió con algo más importante: una conversación que duró tres días y tres noches, en el puente que separaba los dos pueblos.
—El libro se perdió —dijeron los de Abajo—. Pero mientras estuvo, nos guió hasta el roble. Sin él, no habríamos llegado ni hasta aquí.
—El relato se apagó —dijeron los de Arriba—. Pero mientras estuvo, nos dio calor. Sin él, no habríamos salido nunca de casa.
Y entonces alguien —nadie recuerda si fue de un pueblo o del otro— dijo la frase que cambió el valle:
—¿Y si escribimos lo que contamos, y contamos lo que escribimos?
V
El valle de las Dos Maneras tardó una generación en aprender.
Los de Arriba siguieron contando alrededor del fuego, pero ahora alguien —siempre había alguien— escribía lo esencial en un cuaderno, para que el viento no se lo llevara. Los de Abajo siguieron escribiendo, pero ahora se reunían alrededor del fuego a contar lo escrito, para que la tinta no se enfriara.
El manantial de la sierra nunca se encontró —el mapa se había perdido en el barranco, y el relato en el viento—. Pero el valle encontró otra cosa: la costumbre de guardar las palabras importantes en dos sitios a la vez. En el papel, para que esperen. Y en la voz, para que ardan.
Y cuando alguien preguntaba por qué hacían las cosas dos veces —escribir y contar, contar y escribir—, los niños del valle respondían con una canción que se sabían de memoria, y que estaba escrita, por si acaso, en la primera página del cuaderno del pueblo:
Lo que solo se dice, se lo lleva el viento. Lo que solo se escribe, se enfría en el cajón. Pero lo que se dice y se escribe, eso ya no se pierde: eso camina contigo y espera a la vez.
— ¿Qué palabras importantes solo has dicho, y no has escrito?