La biblioteca que decidía con una moneda

Cuento 11 — el peso de la duda

I

En la cima de la colina más alta del reino había una biblioteca perfecta.

No era una exageración: era perfecta. Sus estanterías no tenían ni un milímetro de polvo. Sus libros estaban ordenados por tema, por autor y por antigüedad, y cada uno ocupaba exactamente el sitio que le correspondía. No sobraba un libro. No faltaba un libro. No había ningún libro que no debiera estar allí.

La biblioteca tenía un único bibliotecario, un hombre llamado Ciro, que había dedicado su vida a la perfección. Cada mañana recorría las salas con un plumero y una escalera, comprobando que todo seguía en orden. Cada tarde recibía los libros nuevos que llegaban de todo el reino —novelas, tratados, poemas, mapas— y decidía cuáles merecían entrar.

—La biblioteca —decía Ciro— es la memoria del reino. Y la memoria debe ser limpia.

—¿Limpia de qué? —le preguntó una vez un viajero.

—Limpia de todo lo que no merece recordarse —dijo Ciro—. Un libro mal escrito ensucia la memoria. Un libro falso la envenena. Un libro inútil la llena de ruido. Mi trabajo es que solo entre lo mejor.

El viajero asintió, impresionado. Y Ciro siguió con su trabajo, decidido a mantener la biblioteca perfecta.

II

El problema empezó con un libro que Ciro no sabía juzgar.

Era un libro pequeño, sin título en el lomo, que llegó una tarde de otoño envuelto en un paño gris. Ciro lo abrió con su habitual cuidado y lo leyó de una sentada. Y entonces se quedó perplejo.

No era un libro mal escrito: las frases estaban bien hechas. No era falso: todo lo que contaba parecía cierto. No era inútil: hablaba de una técnica de cultivo que el reino podría aprovechar. Y sin embargo, algo en él molestaba a Ciro. Algo que no sabía nombrar. Una idea que no encajaba del todo con las demás de su biblioteca. Un matiz. Una sombra.

Ciro lo releyó. Lo comparó con otros libros de agricultura. Consultó sus notas. Y al final, por primera vez en su vida, no supo qué decidir.

—¿Lo guardo o no lo guardo? —se preguntó en voz alta, en la sala vacía.

Y entonces, del bolsillo de su chaqueta —no recordaba haberla puesto allí—, sacó una moneda.

III

Ciro no sabía de dónde había salido la moneda.

Era vieja, de un metal oscuro, con una cara lisa y otra marcada con un símbolo que no reconoció: dos círculos entrelazados, como dos anillos que no se sueltan. No recordaba haberla comprado. No recordaba haberla recibido. Pero estaba en su bolsillo, y cuando la tuvo en la mano, supo —no supo explicar cómo— qué debía hacer con ella.

—Cara, entra —dijo Ciro—. Cruz, no entra.

Lanzó la moneda al aire.

Cayó cruz.

Ciro miró la moneda. Miró el libro pequeño, sin título en el lomo, con su técnica de cultivo y su sombra inexplicable. Y obedeció: lo devolvió al paño gris y lo colocó en la estantería de los libros pendientes, la que estaba junto a la puerta, esperando una segunda oportunidad.

A la semana siguiente llegó otro libro dudoso. Ciro volvió a lanzar la moneda. Cruz otra vez. El libro se fue a la estantería de los pendientes.

Y así, sin que Ciro pudiera explicarlo, la moneda empezó a decidir.

IV

Al principio, Ciro se sintió incómodo.

Él, el guardián de la perfección, dejando que una moneda decidiera qué entraba en su biblioteca. Era absurdo. Era irresponsable. Era… liberador.

Porque Ciro descubrió algo que no esperaba. Cuando la decisión dependía solo de él, pasaba las noches en vela, dudando, comparando, temiendo equivocarse. ¿Y si metía un libro malo? ¿Y si rechazaba uno bueno? La perfección de la biblioteca pesaba sobre sus hombros como una losa. Pero la moneda no dudaba. La moneda caía, y Ciro obedecía, y aunque a veces no estaba de acuerdo con ella, descubrió que dormía mejor.

Y descubrió algo más, con el paso de los meses. La estantería de los libros pendientes —la de los que la moneda había rechazado— empezó a tener vida propia.

Un día, un campesino que había venido a consultar un tratado de riego vio el libro de la técnica de cultivo en la estantería de los pendientes, lo hojeó por curiosidad, y se lo llevó prestado. A la semana volvió, transformado: su cosecha había mejorado. El libro de la sombra inexplicable había dado fruto.

Otro día, un poeta encontró en la misma estantería un libro de versos que Ciro había rechazado por «demasiado extraños». El poeta los leyó, y escribió a partir de ellos el poema más famoso del reino.

Y entonces Ciro entendió.

V

La biblioteca perfecta no existía.

Existía la biblioteca de Ciro, que era perfecta según el criterio de Ciro —y por eso mismo, estaba llena de sus ciegos. Él rechazaba los libros que no entendía, los que no le gustaban, los que no encajaban en su idea de lo que debía ser la memoria del reino. Y cada rechazo era una pequeña censura: no porque el libro fuera malo, sino porque Ciro no podía ver su valor.

La moneda —viniera de donde viniera, y Ciro nunca lo supo— no era más sabia que él. Pero era imparcial. No tenía gustos. No tenía miedo. No confundía no me gusta con no vale. Y al meter el azar en la decisión, había roto el monopolio de Ciro sobre la memoria del reino.

Ciro no quitó la moneda. Pero cambió la regla.

—Los libros que rechazo —anunció— no irán a una estantería olvidada. Irán a una sala aparte, la Sala de los Pendientes, donde cualquiera pueda consultarlos. La moneda decidirá qué entra en la sala principal. Pero nada —nada— será destruido ni escondido. Porque una biblioteca que esconde libros no es memoria: es olvido con estanterías.

La Sala de los Pendientes creció. Con los años, algunos de sus libros pasaron a la sala principal —cuando el tiempo demostró que valían—. Otros siguieron allí, esperando. Y Ciro, ya viejo, solía sentarse en la Sala de los Pendientes con el libro del cultivo —el primero que la moneda rechazó—, y lo releía, y sonreía.

—La perfección —decía a los jóvenes bibliotecarios— es una trampa. El orden más limpio puede ser el de una sola voz. Pero una biblioteca viva tiene libros que alguien desordenó a propósito. Cuidad el orden. Pero dejad siempre una sala para lo que no encaja: ahí es donde el reino aprende.

— ¿Qué libros tendría tu biblioteca en la Sala de los Pendientes?

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