El pueblo que contaba sus piedras cada noche

Cuento 8 — el peso de medirse

I

En el pueblo de la Ladera, la historia se guardaba en piedras.

No en libros —allí no sabían hacerlos—, ni en canciones —que se olvidan—, sino en piedras. Cada acontecimiento importante del pueblo tenía su piedra: las blancas, para los nacimientos; las negras, para las pérdidas; las grises, para los acuerdos. Las piedras se colocaban en la gran muralla que rodeaba la plaza, y la muralla crecía con los años, hilera tras hilera, como la memoria de un anciano que no olvida nada.

La persona encargada de las piedras era la vieja Nuna.

Nuna había nacido en el pueblo, había crecido en el pueblo, y llevaba sesenta años —desde que su abuela se lo enseñó— colocando piedras en la muralla. Sabía cuál era la piedra del gran incendio. Sabía cuál era la del primer puente. Sabía cuál era la piedra gris, pequeña y lisa, del día en que el pueblo entero decidió compartir el agua del manantial.

—La muralla es nuestra memoria —decía Nuna—. Mientras esté completa, el pueblo sabe quién es.

II

Una noche, Nuna hizo algo que no había hecho nunca: contar las piedras.

No sabía por qué lo hizo. Quizá porque la muralla le parecía más pequeña que el año anterior. Quizá porque había oído a los jóvenes decir que el pueblo ya no era lo que fue. El caso es que aquella noche, con una linterna de aceite y una paciencia de sesenta años, Nuna recorrió la muralla piedra a piedra, contando.

Blancas. Negras. Grises. Blancas. Grises. Negras.

Cuando terminó, ya casi era de mañana. Nuna se sentó en el poyo de la plaza, con las piernas doloridas y el número bailándole en la cabeza.

Cuatrocientas doce. La muralla tenía cuatrocientas doce piedras.

Al día siguiente, Nuna se lo contó a todo el que quiso oírlo:

—La muralla tiene cuatrocientas doce piedras.

—¿Y qué? —dijo el herrero.

—Nada —dijo Nuna—. Solo quería saberlo.

III

Pero no era nada. Era el principio de algo.

Porque Nuna, una vez que empezó a contar, no pudo dejar de contar. Cada noche, con su linterna, recorría la muralla: blancas, negras, grises. Y cada noche anotaba el número en una tablilla de cera que colgaba junto a la puerta de su casa.

Cuatrocientas doce. Cuatrocientas trece —nació el hijo de la panadera—. Cuatrocientas catorce —se firmó el acuerdo del molino—.

Y entonces ocurrió lo extraño.

El pueblo empezó a mirar la muralla.

Al principio fue sin querer: la gente pasaba por delante de la tablilla de Nuna y leía el número. Cuatrocientas catorce. Y sin saber muy bien por qué, miraba la muralla, buscando la piedra nueva. Luego empezaron a preguntar: ¿cuántas blancas hay? ¿Cuántas grises? Nuna, que ya lo sabía todo, respondía. Y los que preguntaban se iban pensativos, como si hubieran descubierto algo.

Una tarde, el hijo de la panadera —que ya tenía siete años— se acercó a Nuna con una piedra blanca en la mano.

—Nuna —dijo—. He encontrado esta piedra junto al río. Es bonita. ¿Puedo ponerla?

—¿Para qué? —preguntó Nuna.

El niño se encogió de hombros.

—Para que mañana la cuentes —dijo—. Y para que la muralla sepa que hoy yo estuve aquí.

Nuna miró al niño. Miró la piedra. Y sintió que algo se le abría en el pecho, como una ventana que lleva años cerrada.

IV

A partir de aquel día, el pueblo cambió.

No cambió de golpe —los pueblos cambian despacio, como las murallas crecen—, pero cambió. La gente empezó a traer piedras: blancas para los nacimientos, grises para los acuerdos, negras para las pérdidas, y también piedras de colores que no estaban en ninguna categoría —piedras del río donde pescaron juntos, piedras del camino que arreglaron entre todos—. La muralla creció como nunca había crecido.

Y, lo más extraño de todo, la gente empezó a cuidarla.

Antes, la muralla era cosa de Nuna. Ahora, cuando una piedra se aflojaba, alguien la reparaba. Cuando llovía fuerte, los jóvenes cubrían la muralla con lonas. Cuando alguien discutía en la plaza, bastaba que otro señalara la muralla —¿quieres que esto termine en piedra gris o en piedra negra?— para que las voces bajaran.

Una noche, el herrero —que nunca había sido de muchas palabras— se sentó junto a Nuna en el poyo de la plaza.

—Nuna —dijo—. ¿Por qué empezaste a contar?

Nuna se quedó pensando.

—Porque quería saber si el pueblo estaba creciendo o menguando —dijo—. Pero eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante?

Nuna miró la muralla, iluminada por la luna, con sus hileras de piedras blancas, negras, grises y de colores.

—Lo importante —dijo— es que cuando empecé a contar, el pueblo empezó a mirar. Y cuando el pueblo empezó a mirar, empezó a cuidar. Antes las piedras se ponían y ya está. Ahora se ponen sabiendo que alguien las contará mañana. No sé explicarlo bien, pero…

—La muralla ya no es del pasado —dijo el herrero, sorprendiéndose a sí mismo—. Es del futuro. Cada piedra que ponemos hoy, alguien la contará mañana. Y queremos que mañana haya algo que contar.

Nuna sonrió. Era la sonrisa de una mujer que ha entendido su oficio sesenta años tarde, y justo a tiempo.

—Eso es —dijo—. Eso es.

V

Nuna murió muchos años después, con la muralla rodeando la plaza como un abrazo.

Antes de irse, le enseñó a contar a la hija del herrero, que ya era una mujer, y que a su vez se lo enseñaría a otros. La tablilla de cera de Nuna —que ya no era de cera, sino de madera, y luego de metal— siguió colgada junto a la puerta, y cada noche alguien la actualizaba.

El número creció. Y creció. Y creció.

Pero los que saben, dicen que el número nunca fue lo importante. Lo importante fue aquella primera noche en que una vieja, con una linterna de aceite, decidió contar lo que nadie había contado nunca —y descubrió que medir no es solo mirar.

Medir es cuidar.

— ¿Qué pasaría si cada noche alguien contara tus piedras?

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